Cebolla


Anoche soñé contigo, otra vez. Ese sueño viscoso, pegado como gelatina debajo de mis párpados. Ni si quiera me he acordado hasta hace un rato, cuando me he despertado de la siesta y he caído en la cuenta. 

Vino Íñigo, ayer, a la oficina, a contar no se qué historias de que se va a pedir unos meses para viajar y salir de su zona de confort y aprender a vivir con menos para conocerse más y toda esa ristra de gilipolleces que dicen los pijos que tienen un papá que pague sus facturas. 
Y a mí que me importa, íñigo, Iñiguito, con tu nueva bici de montaña y tu vuelo a Tumbuktú. 

Me preguntó por ti, el subnormal de íñigo: 

“Laura, Laurita, — eso lo teníais en común, lo de los diminutivos— y de Fede, ¿sabes algo? Qué pena lo vuestro, tía… Con las risas que nos echábamos en el pádel. Era un grande, Fede, un tío en condiciones. Sólo por su revés te deberías pensar lo de volver con él, mujer, ¿tanto te cuestan un par de polvos a la semana?”

Yo le reí la gracia aunque no tuviese ninguna. Las río siempre, soy así, ya lo sabes. Hasta a ti te las reía, mira si seré gilipollas.

El caso, que volví a soñar contigo, como un teletransporte. Igual que ese día que nos encontramos en la discoteca y yo me acerqué a darte dos besos y  ¡pum!, tu olor se me clavó como un dardo en toda la pituitaria, y de repente ya no estaba en ese antro sino que era miércoles por la tarde y estaba en tu cama y tú me explicabas desde la cocina que a mí lo que me pasaba era que dedicaba mi tiempo a aficiones de mierda. 

“Es como la tontería que te ha entrado ahora con el balonmano Laurita, no es lo tuyo. Acabas de empezar y ya se ve que no es lo tuyo, cariño.  Tú te tienes que dedicar a otras cosas, como tu hermana, que se ha apuntado a pintura, no se, cosas más vuestras, de creatividad y eso… Además que el entrenador es un cerdo, te mira”. 

Y  yo en tu habitación, mirando al techo, aún sin bragas, preguntándome por qué narices seguía contigo. Dudando si merecía la pena seguir con lo del balonmano. Quizá no era lo mío.

En el sueño viscoso, como en el pub, también olía. Olía al café de cuando nos despertábamos juntos y a ese rastro pegajoso de cebolla que solía desprender tu aliento. “La ensalada con cebolla que te crezca bien la  ____” 


Ni si quiera me acordaba de lo del sueño, te lo juro. Hasta la siesta no me acordaba. Del tufo sí, el tufo a cebolla sí que lo recuerdo. Qué asco, coño. 

Comentarios

El contenido de este blog está protegido mediante licencia Creative Commons a no ser que se especifique lo contrario.

Licencia Creative Commons



Entradas populares de este blog

Manso

Los predicadores

Aproximaciones

Mi vecina

La verdadera historia de Blancanieves