Si yo pudiese

Hubo una época en la que yo me enredaba entre tus piernas, ¿La recuerdas, mi vida?

Suena tan lejano el amarte
que lo veo proyectado como una película de cine antiguo.

Nos veo en blanco y negro en mi cabeza, apenas sin voz. 
Te giras sonriendo, entre las sábanas, asomando un hombro semidesnudo,
 y la luz, que ya no se si se cuela por la ventana o si sale disparada por tu sonrisa,
llena toda la habitación. 
El recuerdo (la película) es tan nítido 
que me parece poder sentir y tocar la zona exacta de mi cerebro donde está localizado, 
como aquel famoso libro en el que los protagonistas se extraían todos sus pensamientos  a través de un hilito plateado y los recolocaban en un jarrón. 

Si yo viviese en ese libro,
 si no tuviese que ir a trabajar y hacer la compra, 
poner lavadoras y jugar al pádel, 
comprarme el último iPhone y salir a correr los domingos por la mañana. 

Si yo pudiese, vida mía, 
sacar los recuerdos que me causan punzadas agridulces cada vez que hago todas esas tareas
y también cuando preparo café 
y cuando saco la basura. 

Si tan sólo pudiese poner nuestra película, 
ya rayada,
en un jarrón, 
compraría el más bonito de ellos y nos colocaría encima de la estantería. 

Y de vez en cuando, 
solo de vez en cuando,
  ni en el café, ni en la basura,
ni al correr, ni durante la compra, 
ni en la lavadora o en el trabajo  
nos proyectaría en la pared más grande de mi casa, 
en blanco y negro o a todo color, 
es igual,
mientras como palomitas o me sirvo un té en pantuflas, 
para poder averiguar de una vez por todas, 
de dónde venía esa maldita luz 
que lo llenaba todo 
cuando estabas cerca. 





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