Manso

Conocí a un chico cuyos padres vivían en una gran casona en medio del campo. Tenían un pequeño huerto para el autoabastecimiento de la familia y un pedazo de tierra un poco más grande en el que plantaban nabos y coliflores.  Un jardín con una enorme higuera en medio ocupaba parte del terreno, y un camino de margaritas, hibiscos y lavanda marcaban el camino hacia la entrada de la casa. La familia convivía con un gato negro, elegante y altivo, que gustaba de escaparse de cuando en cuando a las fincas vecinas, y con un majestuoso pastor alemán cuya historia fue la que realmente llamó mi atención.

En aquella casa se seguía un estricto orden militar, especialmente durante la hora de la comida. En presencia de las mascotas, la familia degustaba la comida preparada por el padre, sin rastro de compasión ante las miradas apenadas de los animales hambrientos. Una vez que ellos terminaban, pasaban a servir la comida al gato, que se relamía mientras el perro, ansioso y torturado, lo miraba comer. Y tan solo cuando todos estos habían terminado, ponían un cuenco de comida frente al perro, el cual permanecía impasible, inmóvil — en definitiva, obediente— hasta que oía la  señal ( ¡Ale ale!)  que le permitía atacar el plato.

Cuando salían a pasear, el enorme perro caminaba suelto al lado del amo, pero si el can osaba adelantar el paso humano, recibía unos suaves golpes en el hocico con una vara de bambú que le recordaban cuál debía ser su posición. Jugaban a lanzar el palo solamente cuando su amo quería y en alguna rara ocasión en la que, jugando, el pastor alemán intentó dominar al gato, le expulsaron de la escena desterrándole a una obligatoria soledad. Si ladraba, un pequeño tirón de la correa, si subía sus patas sobre el humano, una voz tan firme como el empujón en el costado. El gato, ágil, campaba a sus anchas por toda la casa, saltando con gracilidad la valla de madera que separaba las dos plantas de la casa, valla que nuestro sumiso amigo nunca se atrevió a franquear. 

El pastor nunca se adelantó a la señal indicadora de comida , nunca devoró el plato antes de tiempo y cuando el felino invadía su cojín, se limitaba a gimotear y a bajar las orejas, buscando un hueco bajo la mesa en el que acurrucarse. No quebrantó la puerta, no correteó por la casa, no dio un solo ladrido que no fuese necesario y por supuesto, jamás adelantó a su amo en el camino. Fue tan dócil como le indicaron que debía ser. 

Lo paradójico de la historia, es que el animal no era cualquier chucho desvalido. Era grande, enorme, con un peso que superaba con creces al mío, y con una mandíbula de dientes afilados tan fuerte como sus patas delanteras.


A ese pastor alemán fiero, dominador, salvaje en su naturaleza le enseñaron, de una manera sutil pero certera, que ocupaba el último lugar en aquella jerarquía. 


Podría haber aniquilado al gato de un zarpazo, o haberse comido a sus crías, podría haber desgarrado la mano de su amo de un solo mordisco, o haber destrozado aquella vara con la que golpeaban su hocico, y sin embargo, nunca lo hizo, nunca se rebeló. El pobre perro, tan fuerte como era, no sabía que podía. 








Comentarios

  1. Esa historia me recuerda a un libro que leí hace un tiempo, "Los caracoles no saben qué son caracoles" Entretenido y me llamó la atención la misma paradoja :)

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    1. Me lo apunto para el futuro.
      Gracias por comentar.

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