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Mostrando entradas de 2020

Cebolla

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Anoche soñé contigo, otra vez. Ese sueño viscoso, pegado como gelatina debajo de mis párpados. Ni si quiera me he acordado hasta hace un rato, cuando me he despertado de la siesta y he caído en la cuenta. 
Vino Íñigo, ayer, a la oficina, a contar no se qué historias de que se va a pedir unos meses para viajar y salir de su zona de confort y aprender a vivir con menos para conocerse más y toda esa ristra de gilipolleces que dicen los pijos que tienen un papá que pague sus facturas.  Y a mí que me importa, íñigo, Iñiguito, con tu nueva bici de montaña y tu vuelo a Tumbuktú. 
Me preguntó por ti, el subnormal de íñigo: 
“Laura, Laurita, — eso lo teníais en común, lo de los diminutivos— y de Fede, ¿sabes algo? Qué pena lo vuestro, tía… Con las risas que nos echábamos en el pádel. Era un grande, Fede, un tío en condiciones. Sólo por su revés te deberías pensar lo de volver con él, mujer, ¿tanto te cuestan un par de polvos a la semana?”
Yo le reí la gracia aunque no tuviese ninguna. Las río siemp…

Manso

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Conocí a un chico cuyos padres vivían en una gran casona en medio del campo. Tenían un pequeño huerto para el autoabastecimiento de la familia y un pedazo de tierra un poco más grande en el que plantaban nabos y coliflores.  Un jardín con una enorme higuera en medio ocupaba parte del terreno, y un camino de margaritas, hibiscos y lavanda marcaban el camino hacia la entrada de la casa. La familia convivía con un gato negro, elegante y altivo, que gustaba de escaparse de cuando en cuando a las fincas vecinas, y con un majestuoso pastor alemán cuya historia fue la que realmente llamó mi atención.
En aquella casa se seguía un estricto orden militar, especialmente durante la hora de la comida. En presencia de las mascotas, la familia degustaba la comida preparada por el padre, sin rastro de compasión ante las miradas apenadas de los animales hambrientos. Una vez que ellos terminaban, pasaban a servir la comida al gato, que se relamía mientras el perro, ansioso y torturado, lo miraba comer. …

Si yo pudiese

Hubo una época en la que yo me enredaba entre tus piernas, ¿La recuerdas, mi vida?
Suena tan lejano el amarte que lo veo proyectado como una película de cine antiguo.
Nos veo en blanco y negro en mi cabeza, apenas sin voz.  Te giras sonriendo, entre las sábanas, asomando un hombro semidesnudo,  y la luz, que ya no se si se cuela por la ventana o si sale disparada por tu sonrisa, llena toda la habitación.  El recuerdo (la película) es tan nítido  que me parece poder sentir y tocar la zona exacta de mi cerebro donde está localizado,  como aquel famoso libro en el que los protagonistas se extraían todos sus pensamientos  a través de un hilito plateado y los recolocaban en un jarrón. 
Si yo viviese en ese libro,  si no tuviese que ir a trabajar y hacer la compra,  poner lavadoras y jugar al pádel,  comprarme el último iPhone y salir a correr los domingos por la mañana. 
Si yo pudiese, vida mía,  sacar los recuerdos que me causan punzadas agridulces cada vez que hago todas esas tareas y también cuando pre…
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