Mi vecina

Tengo — y sospecho que no soy la única— una señora sentada en mi cerebro. Es esa vecina del pueblo que vive en la casa de al lado y que se sienta en el quicio de la puerta a criticar al personal.

Algunos días, me acompaña desde que me levanto. Suena el despertador y allí está ella con la sillita preparada, dispuesta a acompañarme durante todo el día, hasta que me vuelvo a meter en la cama.
Para cada pensamiento mío ella tiene una opinión, para cada acto un reproche, una crítica para cada proyecto. Me cuestiona cada vez que creo que puedo conseguir algo, tanto que me hace dudar y a veces incluso desisto.

Su voz es como un zumbido constante que  revienta las paredes de mi cráneo. 

Le debo muchos logros, que de no ser por ella puede que  no hubiese conseguido. Y no se los debo porque me apoye, no, sino porque me juzga, y me hace que quiera ser mejor  tan sólo para darle a ella en las narices.

Me causa dolor, cuando me creo sus palabras, que hacen herida y  siempre van donde más duele. 

Los días en que me pilla sin fuerzas me gustaría cortarle la lengua, para que no me hable más, y sacarle los ojos para que así no me vea,  extirpármela por una rajita en la frente, o sacarla a través de uno de los  canales  auditivos. Trocearla en pedacitos muy pequeños para dársela al perro del vecino. 

Todo eso le haría, hasta que me fijo un poco más y me doy cuenta de que la vieja cojonera lleva mi voz y mi nombre, y me mira con unos ojos que se parecen a los míos. Entonces intento no enfadarme y tratarla con cariño.

Estoy aprendiendo a convivir con ella, no la dejo entrar mucho en casa, ni tampoco pasar a mi mente. Ahora, cuando se pone pesada, ya no la quiero matar. Me río y la mando a la cocina a que me fría unas croquetas, o le pongo el sálvame a ver si se entretiene un poco.

Señora, cállese. 

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