La que es


La vida es la que es, no la que te gustaría que fuese. Esa es su lección. 

Te arrebató a esa persona demasiado pronto, cuando siempre es demasiado pronto al hablar de despedidas. 

No te llamaron después de esa entrevista, os presentasteis cientos al puesto y tú no fuiste el elegido.
Terminaste aceptando ese trabajo a pesar de que no era el que soñabas cuando estudiabas la carrera, o quizá la necesidad apretaba tanto que ni si quiera tuviste la oportunidad de estudiar. 
Entraste en la empresa por enchufe, lo sabes, y te escuece el orgullo cuando lo piensas.
Puede que no te atrevieses ni a soñar y que te conformases con lo que pudiste hacer, planes que te morías por realizar pero que sentiste que se quedaban grandes para ti, que eran para otros.

Abandonaste y te arrepientes. No tenías el tiempo, el dinero, las ganas, la madurez, o el deseo suficiente para perseverar. 

Terminó lo que teníais, lo dejasteis, y ya ni si quiera te importa por qué. 
Lo que prometía se esfumó, y te quedaste con las manos llenas de unas ilusiones inservibles que no sabías dónde recolocar. 
Quisiste quererle y te viste incapaz de hacerlo. 
Quisiste que te quisieran y se vieron incapaces de hacerlo.
Pensaste que funcionaría, pero te equivocaste, y esa verdad te abofetea la cara cada vez que te levantas al lado de tu pareja pensando que no es esa otra persona, que nunca lo será. 

Has conocido más camas de las que te hubiese gustado, y puede que sólo desees unas sábanas que ocupa alguien que no eres tú. 
Te diste cuenta, tras años de ceguera, que aquel que tanto querías no era más que un gilipollas, y  con los dedos echaste la cuenta del tiempo perdido. 

Fuiste ese niño gordito con el que se metían en el patio del colegio, o el cabrón que de tan mal que se sentía sólo pudo hacerle la infancia un infierno a otro, y ahora solo puedes agachar la cabeza cuando te lo cruzas por tu barrio. 
Cercenaste una parte fundamental de ti solamente para encajar, para que no te señalasen con el dedo, y viviste en una cárcel construida por ti mismo. 

Quizá querías un abrazo de tus padres que no llegó, te hubiese gustado que te presionasen menos, que te apoyasen más. 
Que te protegiesen más, que lo hiciesen menos. 
Cuidarte ellos a ti, en vez de tener que hacerlo tú con ellos. 
Que estuviesen presentes, que te demostrasen que se preocupaban por ti aunque fuera solo para gritarte. 
Que no intentasen disfrazar su ausencia con el regalo de una  libertad excesiva que eras joven para manejar. 


A veces quisieses ser más. Más guapo, más listo, más divertido, mejor. Menos cansado, menos complicado, menos tú. Más como ese otro que está enfrente. Te gustaría que tu familia fuera otra, tu pareja otra, tu trabajo otro, tus amigos otros, otra vida la tuya.

La vida es la que es. Tragarla es lo único que puedes hacer con ella. Cuando sean bocados dulces, que quieras retener en la boca y cuando todo lo que puedas masticar sean cristales.
Se  hace bola a veces, tanta que lo único que quieres es tragártela rápido y sin digerir, sin darte cuenta, y es entonces cuando vuelve y se repite. 

Nos queda el apresar cada bocado, saborearlo y sentirlo en la lengua y en el paladar, también los amargos, los que dan náuseas y arcadas y crees que no vas a poder tragar. 


En este restaurante  puedes tener tus preferencias, pero da igual el plato que pidas: el menú ya está servido, y no se aceptan devoluciones al cocinero. 

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