Los predicadores


Caminan por ahí los predicadores del amor poema en mano, gritándole al cielo “¡Quiero enamorarme!”. Lo dicen con la boca grande y el corazón pequeño, con exceso de teoría y falta de práctica,  pilotos solitarios  de un coche que se dirige hacia un futuro idealizado sin reparar en las señales de circulación, sin parar nunca a recoger a los que hacen autostop por el camino. 

Los predicadores del amor tienen los mejores consejos sobre confianza y sinceridad, sobre pasión, rutina y entrega. Han estudiado miles de amores , fallidos y exitosos, y tienen la receta definitiva para hacer latir un corazón. Saben bien qué sobra y qué falta en cada relación ajena, cuántos segundos ha de durar un beso para considerarse perfecto, y cuál es el punto preciso en el que debe una mano rozar cualquier cintura. Conocen — con absoluta certeza — el número exacto de caricias que almacena una piel antes de reconocer unas huellas dactilares. Calibran la presión y el ritmo, qué decir en un susurro.

Recuerdan los predicadores a los curas de otro tiempo, tan sabios y a la vez tan ciegos, románticos de confesionario, con un número infinito de consejos de manual, con incontables teorías sobre cómo hacer para levantar el vuelo de un amor roto, sin ellos haber cruzado nunca una nube. 

Pregonan su frase, convencidos, “¡Yo también quiero un amor!”, defienden su deseo y reducen los riesgos, queriendo ser protagonistas mientras actúan con la pasividad de un testigo, espectadores de su propia historia, carentes del coraje que requiere el crear una vida.  Fingen no saber que el amor es un acto de fe reservado tan solo para los incautos, para aquellos que saltan con el motor en marcha y que cuentan las cicatrices una vez estampados contra el suelo. Para los que nunca sacrifican un hoy en beneficio de un mañana. 

Son, los predicadores, aquellos niños que miran a los demás jugar en el parque, mientras ellos piensan desde lejos cómo chutarían el balón si se atreviesen.

 Permanecen en el banco, sentados al ladito de mamá, cuidándose mucho, no vaya a ser que  a algún otro niño se le ocurra cometer el error fatal de dirigir un balonazo justo al centro de su pecho, y entonces, una vez recuperada la respiración, no tengan más remedio que empezar el juego. 


©Elliott Erwitt

Comentarios

Publicar un comentario

El contenido de este blog está protegido mediante licencia Creative Commons a no ser que se especifique lo contrario.

Licencia Creative Commons



Entradas populares de este blog

La chica de cristal

La verdadera historia de Blancanieves

La tarara

Enrededos en la lengua