La tarara

Mi abuela era sorda de un oído. 

Se quedó sorda a los ocho años por culpa de un resfriado, o esa es al menos la versión que corre por mi familia. 

Roncaba como una mula cuando se echaba a dormir, y nosotros le hacíamos ese sonido tan característico que se les hace a los que roncan chasqueando la lengua, tttkk ttkk tkkk. Y pasaba un buen rato hasta que caíamos en la cuenta de que se había quitado el audífono y que eso no servía de nada. 

Mi abuela era sorda, pero cantaba mucho y muy bien. Después de comer bajaba todas las persianas de la casa para que no entrase el calor asfixiante de las siestas del sur y se echaba en la mecedora que tenía en el zaguán, y así, a oscuras, se pasaba las siestas meciéndose y cantando. 

Quien canta su mal espanta, decía, y es verdad. Pruebe usted a cantar, se le mitigan a uno las penas y se le ensanchan las alegrías. 

Me acostumbré a las coplas desde muy pequeña, al drama ese que tenían todas las folclóricas que lloraban por amores imposibles teñidos de infidelidad. Recuerdo los viajes interminables a Andalucía por carreteras nacionales, en el viejo Renault 5, apiñados todos en un coche  rojo sin aire acondicionado, escuchando como banda sonora La Zarzamora y Los Piconeros. A los ocho años yo ya me sabía la letra del Francisco Alegre de cabo a rabo. Nunca lo dije, pero lo cierto es que me gustaban. Tenían todas las canciones ese rastro de poderío, esas mujeres que cantaban, todas despechadas pero valientes, obstinadas y arrogantes. Derrotadas pero dignas. Gentes de sangre caliente. 

Aunque sin lugar a duda, el momento que más me gustaba era cuando, sentadas las dos en el sofá de mi casa, ella empezaba a cantar: ”Tiene la tarara un vestido blanco…” Me la cantaba entre risas, con esa sonrisa pícara y guasona con la que miraba a veces la vida, mientras tocaba las palmas. Yo  seguía su cantar mientras me imaginaba a la tarara como una vieja con camisón que deambulaba por una casona enorme. Y cantaba con ella sin saber que de alguna manera esa canción, esas canciones, me vincularían más tarde a unas raíces, a un origen, a una manera de entender la vida. Sin saber que sería la tarara de mi abuela, la mía propia. También la de Federico. Andaluces de huerta y de campo. Andaluces de raza que encuentran consuelo en la voz y en las palabras. 

Hoy soy yo la que canta la tarara dando las palmas. Resuena a veces, melódica en mi cabeza, corriendo líquida como el agua. Canto la tarara y me acuerdo de ella, de aquel día que se fue cogidita de mi mano. Me acuerdo de aquella jovencita sorda que cantaba a oscuras y me contaba travesuras de niña pequeña. 

Y le brillaban los ojos con la chispa de los ocho años, aunque tuviese más de ochenta y una demencia galopante, devastadora. Y recuerdo sus últimos días, en los que no nos reconocía ni a  nosotros ni a si misma, pero aún recordaba sus melodías de siempre, y cantaba contigo si tú empezabas la canción. Y quizás es que estaba hecha de música. Y quizás es que estaba hecha de palmas. 

Y pienso que uno nunca muere mientras se le siga recordando, mientras se le siga cantando. 

Y canto la tarara, tocando las palmas. Hoy y siempre, niña. Que la he visto yo. 



Ay tarara loca, 
Mueve la cintura
Para los muchachos 
De las aceitunas

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