La verdadera historia de Blancanieves


Ilustración: Leonor García Muñoz
Érase una vez, en un reino muy muy lejano, una astuta reina que cosía cerca de la ventana de su alcoba de palacio. La joven reina, remendaba la ropa de su rey mientras contemplaba la nieve que cubría los jardines y pensaba en la hija que llevaba en su vientre. Entre remiendo y remiendo, la reina deseó que su hija fuese bella, muy bella, no porque considerase esta como la cualidad más idónea y valiosa en una mujer, sino porque esta reina, astuta y despierta como ya dijimos, conocía las dificultades de ser mujer en sus tierras, la presión a la que las doncellas se veían expuestas y los estrictos juicios corporales a los que la princesa se tendría que someter tan solo por ser una niña, y deseaba la reina, que  de entre las muchas batallas que la princesa tuviese que librar, la de su cuerpo no fuese una de ellas. La reina, estaba convencida de  que la solución a este problema no consistía en que su hija se adaptase a estos rígidos y estrictos moldes absurdos, sino que era necesario eliminar de cuajo los estúpidos mandatos no escritos que esclavizaban a las doncellas, sin embargo, sabedora del tipo de reino en el que vivía, conocía las  limitaciones de su propio pueblo y sospechaba que debía pasar mucho tiempo para que esta solución fuese posible. 
Se pinchó la reina y corrió la sangre, y fue entonces, cuando inspirada por el dolor, deseó una hija blanca como la nieve, con los labios rojos como la sangre y con los cabellos negros como el carbón. Deseó también la reina que su hija nunca tuviese que pincharse los dedos cosiendo la ropa de ningún marido. 


La reina murió dando a luz  a la pequeña princesa, a la que llamaron Blancanieves. El rey, que aún no había aprendido a remendar sus propios calzoncillos, encontró entre las doncellas de la corte a su segunda esposa, que se convirtió en la nueva reina y madrastra de Blancanieves. 

La madrastra, proveniente de la capital del reino, se había pasado la vida observando en ilustraciones, dibujos y cuadros cómo debía ser una auténtica dama de la corte: bella como ninguna, delgada como una espiga, con labios carmesí y un largo pelo suave y brillante, digno del terciopelo, con coronas de rubíes, vestidos de seda y collares  de flores con los que completar su condición de mujer —al parecer insuficiente de manera natural—, con alzas en los zapatos y corsés que realzasen sus pechos, joven, dotada con una piel tan resplandeciente como el sol y con unas pestañas tan largas y rizadas que llegasen hasta el cielo. 

La reina, que tan sólo era una mujer normal y no una muñeca fabricada a medida, no podía evitar la angustia que causaba la constante consecución de un imposible, imposible que sin embargo, frustrada, seguía empeñada en alcanzar, y para confirmarlo preguntaba cada día a su espejo: ¡Espejito, espejito de mi habitación! ¿Quién es la más hermosa de esta región?  El espejo, que siempre decía la verdad, con voz masculina — única voz con legitimidad suficiente como para validar la belleza —le contestaba: Tú mi reina, tú eres la más bella del reino. La reina respiraba aliviada por unos días, sabiéndose digna merecedora de ese ideal que otros habían construido para ella. 

Sin embargo, un día, cuando la reina preguntó: ¡Espejito, espejito de mi habitación! ¿Quién es la más hermosa de esta región? El espejo contestó: Tú eres bella mi reina, pero  tus arrugas y canas, vergonzosas, comienzan a asomar, ¿Cómo has osado envejecer? Blancanieves es ahora mucho más bella que tú. 

La reina, que había sido educada en un mundo competitivo y cruel y sintiéndose encadenada a la dictadura del tiempo, expulsó a Blancanieves de palacio. Tan enferma estaba de inseguridad, tan fuerte le habían enseñado a desear ser la única protagonista de los cuadros de palacio, que afirmó que mataría a Blancanieves y se comería su corazón. 

Blancanieves, ignorando las razones de la furia de la madrastra, corrió al bosque, donde encontró una pequeña cabaña en la que se atrevió a entrar. En ella habitaban siete enanitos, casi hombres sin llegar a serlo del todo, puesto que les faltaba esa característica tan distintiva del príncipe azul:  el afán —siempre egocéntrico en los deseos, siempre invasivo— de conquista de la princesa. Quizá alguno de los enanos estuviese enamorado de Blancanieves, pero ellos, conocedores de la importancia del consentimiento, nunca le besaron mientras estaba dormida. 

Blancanieves, a quien le encantaba el diseño de interiores, ordenaba en su tiempo libre la casa, mientras los enanitos estaban en la mina, e intentaba con todas sus fuerzas que ésta se pareciese al palacio que tanto echaba de menos. Entristecida por no conseguirlo,  un día, cansada, decidió salir a dar un paseo por el pueblo, y cuando volvió, ya entrada la noche, se encontró a todos los enanitos malhumorados: 

–¿Se puede saber dónde estabas?—  espetó Gruñón con el ceño fruncido. 

–Estaba dando un paseo por el pueblo, ¿Por qué?— contestó Blancanieves, consciente de que no tenía por qué dar explicaciones a nadie, pero a pesar de ello queriendo resolver el enfado de gruñón. 

–La colada está sin hacer, los platos de ayer sin fregar y aún no hemos cenado— contestó el enanito tímido, al que al parecer se le había ido la timidez de un plumazo. 

–Ese no es mi problema— contestó Blancanieves— En esta casa vivimos todos. Si hasta ahora he hecho yo esas tareas ha sido porque he querido, pero no tengo por qué hacerlo como una obligación. No es exclusivamente mi trabajo. 

–¿Trabajo?– contestó otro de ellos–  ¿Pero qué trabajo? ¡Si te pasas el día en casa! ¡Nosotros sí que tenemos un trabajo de verdad! ¡Somos nosotros los que nos pasamos el día en la mina cavando! 

–¿Si?— contestó Blancanieves, claramente enfada e irritada— ¿Y quién crees tú que pasa horas en casa cosiendo vuestra ropa, fregando los platos, preparando la comida, yendo a la compra, limpiando el polvo, barriendo y fregando el suelo, lavando la ropa en el río, planchándola y doblándola? ¿Los animalitos del campo? Porque eso lo hago todo yo, y hasta ahora lo he hecho porque he querido, pero vas listo si te crees que me puedes exigir que lave tus platos sucios. 

Blancanieves, mahumorada, salió de la cabaña dando un portazo, y emprendió decidida el camino hacia el castillo. Claro que los enanitos se habían portado muy bien con ella ofreciéndole un techo, pero al fin y al cabo, lo habían hecho porque se habían convertido en amigos. Una cosa era que Blancanieves, amablemente, les ayudase con las tareas de la casa, y otra que tuviese que cargar ella con todo el peso del hogar. Además, ¿Por qué se había tenido que marchar de palacio? Ni si quiera entendía qué había llevado a la reina a desterrarla de su propia casa. 

Todo esto iba pensando Blancanieves mientras subía la empinada cuesta que llevaba a los jardines de palacio, cuando se encontró a su madrastra, la reina, sentada en un banco. La reina, hastiada, comía manzanas sin parar, único alimento que le permitía ingerir su nueva dieta. Rojas, brillantes y suculentas, sí, pero manzanas al fin y al cabo. La reina no pudo evitar su cara de sorpresa al ver a Blancanieves en palacio. 

–Blancanieves ¿Qué haces aquí? ¿No te quedó claro que si te volvía a ver me comería tu corazón?

Blancanieves, que necesitaba comprender todo lo que había pasado, no dudó en preguntarle a la reina el porqué de su cambio de actitud. 

–Si, lo sé– contestó Blancanieves– pero no entiendo qué es lo que te llevó a expulsarme de aquí. Siempre nos habíamos llevado bien, y de repente, en los últimos meses, tu actitud hacia mí cambió. ¿Hice algo que te molestara? 

La reina se derrumbó. Cansada de tanta presión encontró en Blancanieves una mano amiga y decidió agarrarla. 

–Qué va, Blancanieves, no es eso. Tú no hiciste nada malo. Tu único pecado fue florecer. Te vi tan bella, tan joven, tan delgada, y yo sin embargo… me sentía vieja, cada vez más fea y arrugada, me sentía insegura estando a tu lado. Sé que es una estupidez, y que no debería haber permitido que esto afectara a nuestra relación, pero la presión siendo reina es tan alta…, todas las miradas se posan sobre ti y es difícil no hacer caso a toda esa cantidad de imágenes que te dicen cómo has de ser, y que parece que no contemplan otro modelo de mujer que no sea el de aquella bella y delgada. ¿Y qué hay de malo en no ser así? ¿Acaso eres menos mujer si tienes arrugas en el rostro o si necesitas una mayor talla de corsé? ¿O incluso si no quieres llevar corsé? Quería encajar en esa imagen, verme representada, porque parece que si no cumples su norma no existes, no vales. Perdóname Blancanieves, sé que estaba equivocada. Te hice daño a ti y también me lo hice a mi misma. ¡Pero si llevo una semana a base de manzanas para adelgazar todavía un poco más! ¿Tú sabes las ganas que tengo de comerme una hamburguesa?

Blancanieves y su madrastra se abrazaron y rieron. 

–No te preocupes, entiendo la importancia que cobra la imagen cuando eres mujer. No es algo que sólo suceda en este tiempo, siempre ha sido así. Las mujeres no somos sólo nosotras, con nuestra personalidad, nuestros gustos, deseos, inquietudes, pasiones, nuestras cualidades y defectos. Somos nosotras, sí, pero vamos acompañadas de la entidad aparte que es nuestro cuerpo, siempre nos acompaña, en cada contexto, como el fardo que lleva un burro, como un chicle pegajoso en la suela del zapato, un cuerpo que al parecer  el resto del mundo tiene el derecho y el deber de valorar, y que puede ser más o menos apropiado, más o menos correcto, y cada una luchamos una batalla interna con él de la que nadie sabe nada, aunque intentemos no hacerlo. A mí nadie me toma en serio porque tan sólo ven lo preciosa que soy, nadie se plantea que Blancanieves sea algo más que una cara bonita. ¿Sabes lo harta que estoy de que la gente no pare de alabar mi cabello de carbón, mis labios de sangre y mi tez de nieve? ¡Soy mucho más que eso! Pero al parecer mi belleza anula todo lo demás. El resto de mis cualidades no importan, se invalidan, porque ya cuento con la más preciada: —Blancanieves se dejó caer en el banco exasperada y con cara de fastidio—ser la más bella del puto reino. 

Blancanieves y su madrastra rieron con la complicidad de los prisioneros que saben que comparten cadenas. Fueron unas risas que duraron poco, de esas que luego dejan un silencio amargo en el que cada cual se queda pensativo, consciente de la importancia de añadir algo de humor aunque sea a trompicones. 

–Oye, ¿Vamos a por una hamburguesa?— preguntó Blancanieves tras salir de su ensimismamiento— Te puedo contar lo de mis nuevos amigos los enanos. Son muy buenos y generosos pero, como todos, no pueden evitar que a veces se les escapen algunos comportamientos machistas. 

Blancanieves y la madrastra fueron a un restaurante de la ciudad y hablaron sobre sus planes de futuro. La madrastra se comprometió a ayudar a Blancanieves a mudarse a otro reino donde estudiar decoración y diseño de interiores, y Blancanieves animó a su madrastra a escribir un libro que recogiese su experiencia y sus  reflexiones como reina y como mujer sometida a la exigente dictadura de la imagen. El libro, titulado Espejito, espejito de mi habitación, quita tú, que ya me valoro yo,  fue todo un éxito de ventas.

Blancanieves y su madrastra fueron felices. 

Comieron perdices, manzanas  y todo lo que les dio la gana. 

Y colorín colorado, el patriarcado se ha acabado. 




Ilustración: Leonor García Muñoz

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