Diarios

Fue como en uno de esos relatos de Galeano en los que la poesía y la realidad caminan de la mano, entrecruzándose, y al final ya no eres capaz de distinguir donde está una y dónde la otra.

Marcial y Ana se conocieron una noche de verano de brisa suave y calor en el pelo, de las que arrastran  por el aire flores y salitre y nos recuerdan que aún estamos vivos durante un poco más de tiempo.

En la aldea de Marcial se celebraba el cumpleaños de Néstor, y Ana, su prima, se encontraba en el pueblito cuidando de su vieja y enferma tía Remedios.

En la noche de la celebración se conocieron Ana y Marcial, y en esa noche caprichosa de bailes lentos y manos en la cintura, a ambos se les derritió el corazón en medio del verano.



Unos que ojos se miran desde lejos, un joven que se aproxima con cualquier excusa para robar una sonrisa, para hacer un chiste, para orquestar una carcajada. Y ambos aprovechan la excusa y salen a bailar, y se rozan las manos y se rozan los cuerpos, y ambos aumentan un poco más la presión para sentir esa carne pegada a la suya. Y el tacto se hace caricia, que volando llega hasta la piel desnuda. Y la piel que responde y se eriza. Y se acaba la música y el roce cesa. El deseo permanece.



Y fue después de bailar, cuando la música acabó y en los bosques cercanos del río no quedaba más que el brillo de la luna y el ruido del agua,  cuando Ana y Marcial  se deshicieron. Cerca del río se deshicieron, se desintegraron, como si se fuera a acabar  en ese instante la vida, como si se fuesen a dejar un pedazo suyo dentro  del otro, en la orilla de aquel río. Poquito a poco se derramaron, líquidos, como miel sobre hojaldre,  entremezclados ya, sin distinguir fronteras. Y supieron, con la certeza del que sabe que el día le sucede a la noche, que su historia era esa y no otra, irremediablemente, inevitablemente,  el otro era su destino. Para esa boca la suya, para esos ojos los suyos propios.

Tras semanas de largos paseos por el pueblo calle arriba y calle abajo, contándose el uno al otro las fantasías propias de una juventud aún por estrenar, la tía de Ana falleció, y ella tuvo que regresar a su aldea vecina, separada tan sólo por unos kilómetros del pueblo de Marcial, pero con unas grandes montañas entre medias que convertían el viaje en burro en una auténtica calamidad.

Los bailes se acabaron, y también las noches de verbena. La cintura quedó huérfana de abrazo y los labios secos, sin beso. Prometieron escribirse, pero tan sólo fueron capaces de mandarse un par de cartas antes de que estallase la guerra.

Las montañas, anterior consuelo de Ana, no eran ahora más que el enemigo donde se agazapaban los hombres y mujeres que decidían jugarse la vida en las trincheras. El correo paralizado, y los pies de Marcial y Ana  aún recordando aquella primera noche, deseosos de bailar.

Y una mañana, en medio de un bostezo, Marcial encontró la solución. Su trabajo como chico de los recados se lo permitiría. Si, seguro que alguna manera tendría de colar la nota. Y así fue como apareció el primero de los anuncios en el periódico de la comarca, el único medio de comunicación que aún seguía funcionando.


SE VENDE

Reloj parado, no da las horas, ha dejado de bailar. Se acompaña de flor amarilla de muchacha linda en el pelo, y una canción de Julieta en la plaza y una mano en la cintura de tu vestido blanco.

Ana entendió. Entendió que esa era la forma que ambos tenían de volarse palabras, que por el aire llegarían para acompañar a sus recuerdos, llenarlos de vida y conseguir que el pasado se volviese presente. Comprendió que era así como podía cumplir la promesa de escribir.

Y no tardó Ana en poner el primer anunció.


SE COMPRAN

Zapatitos pisados que no sepan bailar, un mechero de plata envejecida y el sabor del tabaco en tu boca. 

Los mensajes siguieron y la guerra acabó,  Ana y Marcial se casaron, se mudaron a la ciudad y formaron familia, pero, tal y como habían prometido, nunca dejaron de escribirse. Se convirtió en su juego secreto el publicar mensajes privados  en el periódico local. Los   colaban como podían, sirviéndose de algún conocido  o camuflándolos entre mensajes con aparente sentido.


GÉMINIS

El trabajo marchará tan bien como en los últimos meses y tendrás una sorpresa inesperada en el amor. Cuidado con el frío si no quieres ver empeorada tu salud. Han pasado cuarenta y tres años y mis pies no se cansan de bailar con los tuyos, y a pesar de los pisotones, bailarían cuarenta y tres más. 


Todos los días comprobaban el periódico. Obviaban las grandes noticias de la nación y consultaban directamente aquellas columnitas que más posibilidades tenían de pasar desapercibidas. Asistían con la ilusión de un niño a leer los mensajes secretos que de manera intermitente se sucedían en los diferentes ejemplares. Se escribían siempre, todos los meses, y guardaban los recortes de su vida de papel. Y nunca faltaron a aquella promesa de seguir escribiéndose.

Ni siquiera entonces. Ni si quiera cuando Ana murió.

Cuando Ana falleció, Marcial supo que tenía que continuar con aquellas palabras fugitivas. Y cada año, por su aniversario, y sin fallar ni una sola vez, le reservaba  una  de las esquelas del periódico, donde se leían, de manera muy escueta pero rebosante de ternura, todas las novedades que habían sucedido en esa vida que jamás dejaría de ser de los dos.

Ana María Espinar

Ana, Anita de mi vida. 

¡Los niños han crecido tanto!

Se hizo abogada Martina y Miguel encontró una esposa que le quiere. Yo te sigo echando de menos y aún recuerdo el vestido blanco que llevabas aquella noche. 

Y al año siguiente:

Ana María Espinar

Anita mía, nos hicieron abuelos. A nosotros, que jamás quisimos envejecer. Tu nieta se llama Elena y tiene los ojos como el carbón. No para de llorar, entra fuerte en el mundo. Y yo aún consulto el periódico, Ana, aún me fijo en los pequeños anuncios, por si tenéis correspondencia con el más acá. 


Y es lunes, y Marcial, como cada día, abre el periódico, y encuentra, sorprendido, una foto de todos los jóvenes del pueblo, el día del cumpleaños de Néstor, la noche en que ellos se conocieron mientras sonaba Julieta y bailaban en verano, y se derretían corazones. Jóvenes en las fiestas populares, dice el pie de foto. Aquella noche, que se amaron en el río y que Ana llevaba un vestido blanco y una  flor amarilla en el pelo. Y los dos están agarrados. Los veranos de aquel entonces, reza el titular del artículo. Y Marcial, asiente con la cabeza y se seca una lágrima, mientras piensa, convencido, que definitivamente, tienen correspondencia con el más acá.


©André Kertész

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