El robo

La fecha exacta del robo se produjo en la fría madrugada del 5 de abril.

Un temporal azotaba el país y las temperaturas eran inusualmente bajas para tratarse de primavera.

Soledad Martínez vivía sola. A sus treinta y tres años había conseguido cumplir algunos de esos mandatos silenciosos que la sociedad juzga como indicadores del éxito. No en lo relativo a la pareja, ni a los hijos, pero gracias a su trabajo como redactora jefa en uno de los diarios más importantes del panorama informativo, Soledad había conseguido alcanzar lo que podríamos considerar un buen nivel de vida: una buena casa, buenas vacaciones y suficiente dinero como para poder levantarse de la cama cada día sin preocupaciones.

Sin embargo, lo que más le gustaba a Soledad de su vida, era el no tener que pensar en nadie más que en ella, no preocuparse por nada más que no fuese su propio bienestar, sus apetencias y deseos. La libertad para crearse a si misma, sin dar explicaciones, sin dedicar tiempo a nada más que no fuese su propio proyecto personal: sus gustos, sus aficiones, sus nuevos espacios de desarrollo y crecimiento.
Claro que Sole tenía familia y amigos que le importaban, pero carecía de lazos de necesidad y apego que le ataran a nadie. No había dependencias, planes conjuntos, ni renuncias en favor de otra persona. Era ella. Y punto. En lo bueno y en lo malo.

Como la señora de la casa que descubre que le han robado las joyas una vez que la pérdida es irreparable, no fue hasta tiempo después cuando  Sole cayó en la cuenta de que le faltaba algo, y fue entonces cuando echó la vista atrás y descubrió con horror que ella misma había sido cómplice del robo, permitiendo al ladrón que se colara en su casa sin encontrar ninguna clase de impedimento.

Cuando aún no era consciente de la pérdida, Sole se sentía ligera, liviana, flotaba sobre las aceras con esa estúpida y engañosa sensación de irrealidad, de ligereza. Como un globo sin peso, podría salir volando en cualquier momento, con cualquier soplo, en cualquier dirección. Los pies se le despegaban del suelo al andar, se elevaba, ingrávida, y volaba.

Cómo habréis adivinado, y tal y como afirman esos odiosos clichés y frases manidas, a Sole le habían robado el corazón. 260 gramos de puro músculo palpitante que bien parecían 260 kilos.

Hacía tiempo que quedaba con un chico de la oficina, nada serio, puras citas de cena y cine que de vez en cuando acababan en cama. Hasta esa noche de abril, en la que Sole rió hasta rabiar, hasta llorar, hasta olvidarse de que era sola, ella sola Soledad.

Y entonces, ocurrió:se besaron, como tantas otras veces habían hecho, pero en esos besos, a Sole, se le licuó el corazón, y le fue saliendo despacito, evaporado ya por los poros de la piel, por el aliento, sin que ella apenas fuese consciente de que lo perdía, de que se lo quitaban. Totalmente ajeno a su consciencia, en contra de su voluntad y sin su consentimiento.

Sin víctimas, sin forzar cerraduras, sin deseos de echar a correr tras el ladrón: fue el robo perfecto.

Cuando Sole percibió que algo andaba mal, que algo le faltaba, que ya no era sólo ella, comprendió lo que había pasado, y el estómago se le volvió del revés. Las náuseas  comenzaron a recorrer su cuerpo, su cabeza giraba sin parar, y el miedo, más vivo que nunca, se agazapaba en su laringe.

Tantos años evitándolo, tantos años luchando por ser ella, aprendiendo a ser ella, trabajando en ella, sin interferencias que la desviasen del camino, y de repente...el abismo. El riesgo. El vacío ante sus pies.

Angustiada, apresurada, agarró su teléfono y le mandó un mensaje a ese ladrón de guante blanco:

Prométeme que no le harás daño

La respuesta fue inmediata: 

Eso no te lo puedo prometer


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