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Mostrando entradas de diciembre, 2017

El robo

La fecha exacta del robo se produjo en la fría madrugada del 5 de abril.

Un temporal azotaba el país y las temperaturas eran inusualmente bajas para tratarse de primavera.

Soledad Martínez vivía sola. A sus treinta y tres años había conseguido cumplir algunos de esos mandatos silenciosos que la sociedad juzga como indicadores del éxito. No en lo relativo a la pareja, ni a los hijos, pero gracias a su trabajo como redactora jefa en uno de los diarios más importantes del panorama informativo, Soledad había conseguido alcanzar lo que podríamos considerar un buen nivel de vida: una buena casa, buenas vacaciones y suficiente dinero como para poder levantarse de la cama cada día sin preocupaciones.

Sin embargo, lo que más le gustaba a Soledad de su vida, era el no tener que pensar en nadie más que en ella, no preocuparse por nada más que no fuese su propio bienestar, sus apetencias y deseos. La libertad para crearse a si misma, sin dar explicaciones, sin dedicar tiempo a nada más que no fue…

Alcohol de curar

Dice el enfermero que me va a poner un poquito de alcohol en la herida. Alcohol de curar, dice. Qué redundancia, pienso yo.

Como si existiera algún alcohol que no fuese de curar.

Como si cicatrizase yo mis heridas con otra cosa diferente. Como si no acallase, todos los días, uno tras otro, nuestros gritos pasados en una botella de ginebra. Hasta acabarla, hasta apurarla, hasta que tus ojos vidriosos me miran desde el fondo.

Como si no llegase a casa, todos los días, deseando ser curada. Y escaparme flotando a esa memoria reblandecida, que calla los gritos, las voces y los lamentos, y que me lleva lejos, muy lejos, a aquel verano, a aquella isla, con el sol en los huesos, con los pies descalzos y la espalda desnuda. Con los rizos al viento y los besos de sal.  Y tu mano en mi piel.
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