Domingos

Te fuiste un domingo, un domingo por la tarde. Aún recuerdo tu cara mojada  diciéndome adiós, tu maleta saliendo por la puerta en un giro tímido, atascándose, queriéndose quedar. Como tú. Que también te querías quedar. Pero no podías ya. 

Te fuiste un domingo fatídico y de nada sirvió que te siguiese. De nada sirvió decirte que cambiaría, que no lo volvería a hacer más, que dejaría de salir, que dejaría de beber, que dejaría de llegar borracho a casa oliendo a perfume de mujer. 

Me mirabas con tu alma, penetrando hasta el fondo de la mía. Vi decepción, hartazgo, impotencia, rabia. Vi amor. Y vi liberación. Ni una pizca de miedo, el miedo sólo salía de mis ojos. Lo gritaban los poros de mi piel. 

Te marchaste un domingo por la tarde, uno de esos como los que solíamos pasar encargando comida basura y jugando entre las sábanas hasta saciarnos el uno del otro. Un domingo de esos de tomar un vino en el sofá. De esos que se nos habían acabado desde hacía tiempo y que fueron sustituidos por gritos, enfados y jarrones volando que acababan estampados contra la pared. 

Ahora no se qué haces los domingos. No sé si pides comida basura, o si juegas entre las sábanas con otro que no soy yo. A lo mejor los domingos aún piensas en mí. A lo mejor hoy, que es domingo, tu también te acuerdas de lo cretino que fui.

Seguro que ya no vuelan jarrones. Seguro que ya eres feliz.


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