Esto no es un relato

Esto que voy a escribir  no es un relato, y sin embargo es algo que me es inevitable contar.

Hace algo más de dos meses llegué a Granada con una mochila que iba cargada hasta los topes. Era una mochila cargada de ganas, si,  pero también cargada de miedos, de dudas, de pasado, de incertidumbre y de sombras. Y el peso de esa mochila, era más que insostenible.

En estos dos meses he llorado, he reído, me he emocionado, me he sentido sola en unos momentos y tremendamente acogida en otros. Me he perdido para encontrarme, para enfrentarme a mí misma y llamarme por mi nombre. He encarado mis miedos y he descubierto otros nuevos en los que nunca había reparado.

He mirado a los ojos a mis privilegios de clase, y me han devuelto una mirada llena de escozor.

Mañana madrugo para volver a casa y lo cierto es que me muero de ganas. Es hora de hacer el equipaje y volver a llenar esa mochila, que mucho me temo que va a pesar muchísimo más en este viaje. Va tan repleta de cosas, que no si podré con ella.

Me llevo seguridad y confianza. Sentirme capaz. Me llevo la hospitalidad de Ana Carmen, de Pilar, de Almu y de Eva. Me llevo los nervios del primer día, el no saber si vas a hacerlo bien, el pensar “estos niños a mí me superan”, y el descubrir al final que no, que no te superaban.

Me llevo esa sonrisa con los ojos que compartí con Ana el primer día, el dibujo de Isabel, el día que Reme me cogió del brazo para hablar de la pubertad. La risa sonora de Ángel cuando le conté aquel chiste, el día que hicimos su diario juntos.  Me llevo el día que fuimos a las colchonetas, masticar la peculiaridad de unos niños que no podían ser otra cosa que ellos mismos, el día que Diego se agarró de mi brazo para no soltarse. Me llevo a Gloria, enterita. La fiesta del cole. El día que consolé la angustia de Leti. Bailar con Ainhoa. Jugar al futbolín. La conciencia social de Roberto y el día que le regaló a Leti una flor con forma de corazón. Picarme aprendiendo las capitales con Adrián, la timidez de Antonio, los interrogatorios de Óscar, la zalamería de Pablo. La bondad de Pedro. El día que pintamos el mural. Jugar a la oca con Luís. Maehtra. El buen rollo trabajando de Víctor, el cariño de Michel, la cercanía de Juanma. Los juegos de agua.

Me llevo el Albayzin, su olor y sus rincones, sus calles empedradas, sus flores y terrazas. El choque de culturas y esa guitarra perenne que no para de sonar. Me llevo la Alhambra grabada en la retina.

Acabar de cervezas con completos desconocidos que encontraste en una plaza diez minutos antes. Cerveza, cerveza y más cerveza, incluida esta última que me tomo al escribir estas líneas. Escribir en cualquier rincón.

Amigos a los que no les importan los kilómetros para venir a verte. Festivales. Reencuentros. Recitar poesía en un bar lleno de gente. Saber qué es lo que quiero. María Lunasol y la torre de Comares. El hippie del mirador de San Nicolás. Shawarmas y la sopa árabe a la que te invita su propietario.

Sentirme querida. Maehtra, otra vez.

Me llevo la mochila cargada de optimismo y de ilusión, de ganas de disfrutar y cargar las pilas. De rodearme de gente que me quiere y a la que quiero. Calma. Saber que las cosas saldrán bien, que se fueron las sombras y que ahora hay luz.

El corazón, cargadito cargadito de las sonrisas de esos niños, sus ojos que brillan y su energía inagotable. El corazón cargadito de maehtra, y de esa guitarra eterna que siempre suena en el Albayzin.

Si  Granada fuera mujer tendría tus ojos, morena.
Tendría una piel verde aceituna y unas manos finas para bailar al son de esa guitarra eterna que resuena en los muros de esta ciudad.
Deseada por todos, conquistada por nadie.
Ciudad costosa, de desafíos, de encuentros y desencuentros.
Granada, mujer fuerte y luchadora. Sabia desde la calma.
Mujer pasional, con carmín de labios y ojos negros de mirada firme que no se acobardan al mirar al futuro.
Granada, mujer valiente, mujer bravía, que una vez conocida nunca puedes olvidar.
Granada bruja y hechicera
libre, fiera y salvaje.
Granada, ya mi Granada.


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