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Mostrando entradas de 2016

Lola y Manuel

Veintidós años. Ayer cumplió veintidós años. El resto de hermanas le hicieron una tarta para celebrarlo, una de esas que tanto le gustan a ella, de las de Santiago, con sus almendras y su azuquitar por encima. Y su cruz, siempre su cruz. Se tenía que notar que estaban en un convento.
Dolores repasó su vida.                                                                                    
Al principio las monjas le dejaban jugar con otros niños del barrio, recordaba jugar al balón prisionero en la plaza del barrio y llegar al convento con las rodillas peladas. Recordaba los helados de las tardes de verano y las galletas que robaban de las cocinas del convento ella y su amiga Julia, y cómo el resto de hermanas nunca se daban cuenta  de que faltaban unas cuantas en el tarro.
Creció.
 Y dejó de ver a Julia y de jugar en la calle, porque las monjas de clausura  (que era lo que tenía que ser ella ahora)  no podían tener amigas ni jugar al balón prisionero. Así se lo explicaron cuando c…

Domingos

Te fuiste un domingo, un domingo por la tarde. Aún recuerdo tu cara mojada  diciéndome adiós, tu maleta saliendo por la puerta en un giro tímido, atascándose, queriéndose quedar. Como tú. Que también te querías quedar. Pero no podías ya. 
Te fuiste un domingo fatídico y de nada sirvió que te siguiese. De nada sirvió decirte que cambiaría, que no lo volvería a hacer más, que dejaría de salir, que dejaría de beber, que dejaría de llegar borracho a casa oliendo a perfume de mujer. 
Me mirabas con tu alma, penetrando hasta el fondo de la mía. Vi decepción, hartazgo, impotencia, rabia. Vi amor. Y vi liberación. Ni una pizca de miedo, el miedo sólo salía de mis ojos. Lo gritaban los poros de mi piel. 
Te marchaste un domingo por la tarde, uno de esos como los que solíamos pasar encargando comida basura y jugando entre las sábanas hasta saciarnos el uno del otro. Un domingo de esos de tomar un vino en el sofá. De esos que se nos habían acabado desde hacía tiempo y que fueron sustituidos por…

Esto no es un relato

Esto que voy a escribir  no es un relato, y sin embargo es algo que me es inevitable contar.
Hace algo más de dos meses llegué a Granada con una mochila que iba cargada hasta los topes. Era una mochila cargada de ganas, si,  pero también cargada de miedos, de dudas, de pasado, de incertidumbre y de sombras. Y el peso de esa mochila, era más que insostenible.
En estos dos meses he llorado, he reído, me he emocionado, me he sentido sola en unos momentos y tremendamente acogida en otros. Me he perdido para encontrarme, para enfrentarme a mí misma y llamarme por mi nombre. He encarado mis miedos y he descubierto otros nuevos en los que nunca había reparado.
He mirado a los ojos a mis privilegios de clase, y me han devuelto una mirada llena de escozor.
Mañana madrugo para volver a casa y lo cierto es que me muero de ganas. Es hora de hacer el equipaje y volver a llenar esa mochila, que mucho me temo que va a pesar muchísimo más en este viaje. Va tan repleta de cosas, que no si podré c…

Aquella noche

No dijiste nada que no fuera cierto aquella noche.

Mientras la lluvia caía fuera y tu y yo hacíamos trinchera en mi edredón me susurrabas las palabras más bonitas y más sinceras de amor.

Aquella noche prometimos besarnos las lágrimas cada atardecer, prometimos contarnos las arrugas, descifrar el porvernir. El porvenir, nunca vino, se quedó a mitad de un camino en el que tropezamos sin querer.

Aquella noche, mientras llovía, todo lo que dijiste era cierto, el problema fue que yo me lo creí.

Gitana mía

Conocí a tu padre hace ahora treinta años. Yo estaba sentada en una terraza al sol, en la Plaza de las Minas. Él tocaba una guitarra en la misma plaza, con la funda de la guitarra abierta a sus pies, recogiendo las pocas monedas que los transeúntes querían echar. Recuerdo qué tomé esa tarde: dos cafés, una cocacola y una copa de licor de miel. Cuatro horas escuchando a tu padre tocar, esperando que terminase su turno para ver si con algo de suerte, reparaba en aquella chiquilla de veintidós años que había consumido más cafeína de la cuenta sólo por oírle tocar.  Cuando terminó se acercó a mi mesa. Me invitó a cenar con lo que había sacado tocando aquella tarde. Una ración de queso y otra de boquerones fritos.
Aquella misma noche hicimos el amor por primera vez.

El tenía diez años más que yo. Me contó sobre Carmen, su primera mujer a la que perdió tan sólo un año después de casarse. Supe que a mí nunca me amaría igual que a ella. Vi la cicatriz en su corazón, que seguía doliendo a pe…

Intentarlo

Todas esas cosas que intentamos. Intentar me parece una palabra con un matiz agridulce, pues en ella se dejan ver todas las ganas, todo el esfuerzo, todo el empeño y el anhelo de la consecución de un deseo, y a la vez se manifiesta la incertidumbre de que todo ese esfuerzo, ese trabajo, se quede, en nada más que en eso, en un deseo insatisfecho, en energías destinadas en vano a una empresa que muy probablemente, no se alcanzará.

“Inténtalo mujer”, eso te dicen. No te dicen “ vamos, consíguelo, mujer”. Intentarlo no es más que la palabra que escoge nuestro miedo a fracasar cuando necesita dar un discurso. Intentarlo es asumir la posibilidad del fracaso, es la duda de nosotros mismos. Intentarlo es considerarnos incapaces, es un quiero pero ah!, quizás no. Por eso, parafraseando una conocida película norteamericana, yo te digo vamos, ve, sal ahí. Hazlo. O no lo hagas si no quieres. Pero no lo intentes.
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