Tres dientes.

Tres dientes tenía mi prima María. Tres. Se los partió la pobre cuando jugábamos en el patio de la tita Petra, a los ocho años. Estábamos intentando pillar a su hermano pequeño para tiznarle la cara con la grasa de la sartén, y cuándo estábamos a punto de cogerle, María tropezó con la caja de herramientas de mi abuelo y se cayó de boca contra el tranco de la puerta. Con la boca llena de sangre me decía “Rosa, cógelo tú  y lo atas, que cuando me curen la boca le dejamos la cara negra”. Yo tan chica como era no podía coger  a mi primo, así que al final se quedó con la cara sin teñir.

Y con tres dientecitos se quedó la María, porque claro, las cosas en mi familia no estaban como para tirar cohetes, que acabábamos de salir de una guerra y no podía ir uno derrochando los dineros en arreglarle la boca a la niña.

Así que mi prima María creció con sus tres dientes. Y le crecieron unos ojos como dos faroles. Y unas trenzas rubias que le llegaban a la cintura. Las piernas finas y el cuerpo esbelto. Un primor. Pero claro, tres dientes. Tres nada más. La María la mellá, le llamaban en el pueblo. Y mi prima, que se había pasado la vida riendo y  haciendo de reír, se dio cuenta de que espantaba a los demás cuando abría la boca.

Y así fue como mi prima perdió la risa y casi la voz. Sólo hablaba cuando estaba conmigo, que total Rosa, tú no te vas a asustar por verme la boca esta de vieja que se me ha quedado. Eso me decía. Yo le regañaba, porque le decía que una vida sin risa ni era vida ni era nada, y más con lo guasona que había sido ella.

Al final María comenzó a reír, sin que nadie se lo dijera, lo hizo cuando ella quiso. Y se reía a carcajadas, enseñando bien sus tres dientes. “Qué pa’ tres dientes que tengo los tendré que lucir bien”, eso decía, y cuánto más lo decía más se reía. Y volvió a ser un primor.


 Sin dientes. Con risa. 

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