Recuerda.


Una vez más el día le regala unos segundos, unos minutos con algo de suerte, para poder observarla dormida, tranquila a su lado. Le encanta despertar por las mañanas antes de que ella lo haga, abrir los ojos y sentir su paz, sin que ella le vea, con tiempo para observarla sin ser visto, disfrutando de la exclusividad de ser su única audiencia secreta.

La contempla.

Ve su piel. La ve pálida, arrugada, casi marchita. Y la recuerda. Recuerda la piel suave que ha acariciado durante toda su vida, aquella que podría distinguir entre un millón de mujeres, la que sus manos son incapaces de olvidar a base de recorrerla y dibujar su cartografía. Su piel tersa, caliente. Su piel.

Ve su pelo, blanco como la nieve, cortado sin gracia por sus propias manos, sus manos de piel, manos de memoria. Y recuerda su pelo, su trenza larga con sus hebras  de oro. Su pelo en su pecho, en sus manos, en sus caricias.

Sus ojos cerrados donde se oculta el verde de la hierba recién cortada. De su olor. El olor de las flores.
Sus ojos, esos, los que nunca antes se apartaban por el miedo, por la rabia o la vergüenza, pero sí cuando descubría la mentira. Ahí sí que se apartaban.

La mañana generosa le permite que se fije detenidamente en sus labios. Los ve agrietados, secos, durmientes. Y los recuerda. Los recuerda porque él puede recordar. Los recuerda en aquel puesto de castañas asadas de Madrid, un domingo por la tarde, cuando le robó el primer beso de los muchos que vinieron detrás. Y qué beso. Un beso caliente y frío, húmedo y seco. Y áspero. O suave, muy suave. Cada vez el recuerdo cambia. Porque eso hacen los recuerdos, cambiar. Porque la memoria es caprichosa.

Y ese capricho es el que hace que una vez ella se olvidase de cómo regresar a casa. Y ese capricho es el que hace que comenzase a fallar jugando al dominó, una tarde en el patio de la casa, como siempre hacían. El mismo capricho que hizo, que ella le echara de casa aquel día que él le trajo una docena de pasteles para su aniversario, porque no sabía quién era ese extraño. Ese mismo capricho.

Y entonces ella abre los ojos. Y le ve a él. Y sonríe. Sonríe mucho, tanto que casi se ríe. Porque recuerda Madrid, y castañas asadas. Si. Está viendo castañas asadas. Y sonríe. Y recuerda.

Y como cada día, él se lo vuelve a decir. Como cada día. Sin saber que es el último que lo hará.

-Buenos días, alma mía.

Y ella sonríe.

Castañas. 

Comentarios

El contenido de este blog está protegido mediante licencia Creative Commons a no ser que se especifique lo contrario.

Licencia Creative Commons



Entradas populares de este blog

Enrededos en la lengua

Señora Presidenta

Gloria

La verdadera historia de Blancanieves

El naufragio