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Tres dientes.

Tres dientes tenía mi prima María. Tres. Se los partió la pobre cuando jugábamos en el patio de la tita Petra, a los ocho años. Estábamos intentando pillar a su hermano pequeño para tiznarle la cara con la grasa de la sartén, y cuándo estábamos a punto de cogerle, María tropezó con la caja de herramientas de mi abuelo y se cayó de boca contra el tranco de la puerta. Con la boca llena de sangre me decía “Rosa, cógelo tú  y lo atas, que cuando me curen la boca le dejamos la cara negra”. Yo tan chica como era no podía coger  a mi primo, así que al final se quedó con la cara sin teñir.
Y con tres dientecitos se quedó la María, porque claro, las cosas en mi familia no estaban como para tirar cohetes, que acabábamos de salir de una guerra y no podía ir uno derrochando los dineros en arreglarle la boca a la niña.
Así que mi prima María creció con sus tres dientes. Y le crecieron unos ojos como dos faroles. Y unas trenzas rubias que le llegaban a la cintura. Las piernas finas y el cuerpo e…

Casi sin respirar.

La historia de mi vida cambió la noche de un jueves, mientras paseaba solo por las calles de una ciudad que parecía abandonada.

Eran las dos de la mañana, y después de todo el día encerrado entre las cuatro paredes de mi estudio enano decidí que me vendría bien despejarme si quería acabar la montaña de textos que tenía que entregar traducidos la semana siguiente. Cogí las llaves de casa y el abrigo y aún con la última frase que había traducido en la cabeza salí a dar lo que yo pensaba que iba a ser un corto paseo. Mi madre siempre decía que a esas horas no había nada bueno en las calles, que eran horas para los desamparados, y los que tenían que ocultar su vida entre las sombras, y que era nuestra obligación permitir que así fuera, permitir, que esas pobres criaturas, tal como decía ella, pudieran ver que todavía tenían un lugar en el mundo de los vivos, aunque fuera apartados y mientras los demás dormían…Cada uno tiene su sitio Juan, y es necesario que todos lo tengan. Creo que nunca…

Recuerda.

Una vez más el día le regala unos segundos, unos minutos con algo de suerte, para poder observarla dormida, tranquila a su lado. Le encanta despertar por las mañanas antes de que ella lo haga, abrir los ojos y sentir su paz, sin que ella le vea, con tiempo para observarla sin ser visto, disfrutando de la exclusividad de ser su única audiencia secreta.
La contempla.
Ve su piel. La ve pálida, arrugada, casi marchita. Y la recuerda. Recuerda la piel suave que ha acariciado durante toda su vida, aquella que podría distinguir entre un millón de mujeres, la que sus manos son incapaces de olvidar a base de recorrerla y dibujar su cartografía. Su piel tersa, caliente. Su piel.
Ve su pelo, blanco como la nieve, cortado sin gracia por sus propias manos, sus manos de piel, manos de memoria. Y recuerda su pelo, su trenza larga con sus hebras  de oro. Su pelo en su pecho, en sus manos, en sus caricias.
Sus ojos cerrados donde se oculta el verde de la hierba recién cortada. De su olor. El olor …

Otro gallo cantaría

Acabo de encontrarme por la calle a Antonio, ¡menudo cabreo lleva!
-¿Y eso, mujer?
-¿Y eso? Pues normal, ¿tú te crees? Esta misma mañana ha salido en el periódico otra noticia de corrupción de los políticos, el de Interior, que también ha estado trincando lo que no era suyo,  y es que ya está bien mujer, ya está bien… Y claro, ya sabes tú, a Antonio con lo buena persona que es, esto le molesta horrores.
-  La verdad es que si… Yo no entiendo cómo tienen tan poca vergüenza, venga a robar dinero, son todos un atajo de mangantes..¡Vergüenza me daría a mí si tuviera que salir a dar la cara por un país!
-Pues ea, eso es lo que me ha dicho a mi Antonio, que últimamente está muy sensible con el tema, me lo contó el otro día mi Paco que se fue a su casa a ver el fútbol, como él tiene eso del canal plus que echan los partidos pues le invitó a verlo, y dice Paco que  no paraba de hablar del tema.
-Uy! Pues se estará dejando un dineral con lo del canal plus.
-Qué va mujer, él lo tiene pirata…

Imagina

Imagínate que un día vieras la felicidad en tu rostro, que la vieras lejana y perdida, presente en otro tiempo. Imagínate que un día pensases: ¿Qué es lo que ha cambiado? ¿Quién es esa persona que sonríe a lo lejos? ¿Quién es esa persona despreocupada, feliz, dueña de sí misma, serena?
Imagínate que vieras a la amabilidad, a la serenidad, a la alegría más pura, y les dieras la espalda, salieras huyendo despavorida. O peor, imagínate que quisieras tocarlas con la yema de los dedos, conformándote con un roce cuando en otro tiempo las aferrabas fuerte, y fueses incapaz. Tus músculos agarrotados no saben dónde van, no te obedecen.
Imagínate que te perdieses. A ti mismo. Que no supieses. Que no encontrases.
Imagina un vacío enorme. Un vacío que duele, un vacío que bloquea, que te hace dudar. Que te presiona hacia abajo.
 Y todo es pequeño. Y tú lo que más.
Imagina el final de un cuento. Imagina que el cuento continúa, y tú, desapareces. Te desvaneces sin más. Y pasas a mirar desde fue…
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