La historia de Pedro



Foto por Mª Ángeles Atienzar

Me llamo Pedro Urrutia. Nací en Bilbao a finales de los 70, aquellos tiempos en que España necesitaba un soplo de aire fresco, una época en la que cada cual veía en el fin de la represión de un taponcete cuasi-dictador y su puñado de secuaces una nueva oportunidad de triunfo. Época marcada por el inicio de la democracia, esa democracia en la que todos tenemos voz, que todos somos iguales, que todos seremos escuchados, una igualdad que como ilusos todos nos creímos.

 Las nuevas ideas liberales se implantaban en España a la velocidad de la luz, las mujeres se echaban a la calle en busca de un trabajo, los negocios prosperaban, la música revolucionaba y la sexualidad estaba más presente que nunca en una sociedad acostumbrada a hacer el amor con la luz apagada y el camisón arremangado.

Con tan sólo 3 años me fui a vivir a Madrid con mi familia (mi hermana pequeña Paloma y mis padres). Yo venía de una ciudad grande pero aún así me fue imposible no sorprenderme con el vaivén constante de personas tan pintorescas en la capital. En Madrid crecimos felices, llevábamos la vida de una familia normal, mi madre se encargaba de las labores del hogar y para sacarse un dinero extra peinaba a las vecinas en casa por cuatro duros, mi padre tenía un puesto fijo en la administración y poco a poco conseguíamos llevar las fatigas del día a día. Yo crecí y finalicé mis estudios elementales, de vez en cuando conseguía un trabajo para ir ayudando a mis padres a ahorrar para mi universidad. Soñaba con ser maestro de un pequeño pueblecito costero.

Cuando tenía dieciséis años mi madre y Paloma murieron en un accidente de autobús. La vida cambió por completo, pasó de ser una vida normal en la que sorteábamos las dificultades del camino con el cariño que nos aportaban los demás a ser un completo infierno. Mi padre y yo empezamos a pelearnos, él empezó a beber, traía mujeres a casa. Yo me centraba en mis estudios de Magisterio, no quería ver la realidad, principalmente porque no quería tener que partirle la cara a mi padre cada vez que lo oía con alguna mujer. Intercambiábamos unas pocas palabras si nos cruzábamos en la cocina  y con el tiempo dejó de pasar tiempo en casa, volvía a las tantas y tan sólo dormía unas horas.

Un día se fue, cuando me levanté una mañana vi que se había llevado todas sus cosas. He de ser sincero: me sentí aliviado. El alivio se me fue, cuando a la semana siguiente me llegó una carta del banco. Mi padre se había ido, sí, pero a mí me había dejado todas sus deudas. Durante los años que  pasamos sin mi madre, se había gastado todos nuestros ahorros, aquellos que eran para mi futuro, en el juego, perdiéndolo todo. El banco nos embargaba la casa después de meses sin pagar. La decisión era inmediata, lo harían la semana siguiente.

De una bofetada terminé viviendo en la calle, por aquellos tiempos no tenía ningún sitio donde ir, ningún tipo de oficio…Comencé viviendo en casas de acogida de algunas religiosas, y realizando algún que otro trabajo temporal, pero nunca era suficiente, y en las casas de acogida no nos querían tener por un tiempo indefinido.
Ahora vivo en Cádiz, el destino me ha traído hasta aquí después de recorrerme media España. Mis sueños se truncaron por culpa no sé muy bien de quién, quizá si mi padre no se hubiese metido en el juego… o si el conductor del autobús no se hubiese dormido…quizá si yo hubiese intentado sacarme la carrera con un poco más de apremio…

No me quejo por estar en esta situación, se que algún día esto pasará y volverán a mirarme como una persona que tiene dignidad, como una persona que le importa a ese sistema que es la democracia, pero de momento afronto esta situación lo mejor posible.

Humanamente, he aprendido mucho más de lo que hubiera hecho nunca, en la miseria las personas sacan su parte más humana, y si tienen un trozo de pan, de manta, o de cartón, no dudarán en repartirlo. Los miserables nos ayudamos, entendemos que nadie tiene la culpa de acabar en esta situación, que nunca hay un por qué para acabar así, sino un cúmulo de pequeñas casualidades del destino que nos hacen caer, y nos llevan a dormir en un cajero. Compadecemos a aquellos que sucumben a las redes de la droga, conscientes de que se pierden  y que lo único que quieren es acabar con sus vidas cuanto antes con una dulce sobredosis. Son ellos  los que no quieren ver las miradas de la gente al pasar, cuando sale con sus bolsas de El Corte Inglés, y te mira con esa cara a mitad de camino entre el miedo, el asco y la pena.
 Ahora dicen que los que están mal son ellos, que se les acaban los entrecots, los armarios llenos de ropa y las copas de por la noche, que vivieron por encima de sus posibilidades, y cómo siempre, echan la culpa a otros, a políticos, banqueros, a los jefes, a los necesitados de los servicios sociales incluso, y ven que la miseria les pisa los talones. Por eso, ahora cuando nos miran, su miedo no es el mismo, tienen miedo de ser ellos los que un día miren a una señora con bolsas de El Corte Inglés. Y yo, con mi trocito de manta, duermo feliz, porque he llegado hasta lo más profundo, y ahí he encontrado la humanidad de una mano mugrienta, una mano que llevaba años sin coger un cuchillo y un tenedor. Pero, ¿y ellos? ¿Serían capaces de aceptar las manos mugrientas? ¿Serían capaces de mirarnos como a humanos?

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