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Amelia

Hoy Amelia cumple ochenta y nueve años, aunque ella dice que en realidad cumple quince, y es la verdad, porque ella es la niña bonita, la más bonita de la casa.
A sus quince años Amelia tiene muchos amigos, siempre está hablando con alguno de ellos y en cuanto la conoces un poquito entiendes que es normal que siendo cómo es tenga tantos amigos. Amelia es enérgica, peleona y muy muy divertida, siempre está bromeando y tomándole el pelo a todos los de su alrededor. A veces es un poco gruñona, sobre todo cuando alguien que no conoce mucho se presenta en su casa, pero lo normal es que vaya por el pueblo repartiendo alegría e inundando a todo el mundo con sus ganas de vivir, porque ante todo, eso es lo que ella tiene, muchísimas ganas de vivir.
Amelia tiene muchísimas aficiones, siempre tiene algo que hacer, pero a veces también se aburre, y es entonces cuando aprovecha para cantar,  su canción favorita es esa que dice: “Una vieja muy revieja, más vieja que San Antón, se echó las tetas al …

Apnea.

La voz llegó desde atrás.

-Proceda a relatarme otra vez el sueño, por favor.- La voz del doctor era profunda, intentaba disimular su carácter intimidatorio sin apenas conseguirlo. Desde el diván tan sólo era capaz de ver estanterías repletas de libros, ordenados alfabéticamente. Una pequeña ventana dejaba ver la rama de un árbol seco.

-Estoy de pie, al borde de un precipicio. En frente la veo a ella, al otro lado, está de espaldas, con una camiseta blanca. Le llamo, pero no se da la vuelta, ni siquiera se mueve.

-Prosiga, por favor.

-Una cuerda une los dos lados, una de esas que utilizan los funambulistas, pero me da miedo cruzarla. Miro mis pies, pero no soy capaz de verlos. Siento mucho miedo.

- Es entonces cuando se asoma al precipicio, ¿me equivoco?.- aunque se adelantaba a los acontecimientos no mostraba impaciencia.

-Si- un hilo de voz- Me asomo, veo dos ojos gigantes, están cerrados. También veo palabras, palabras que se fragmentan y se caen al vacío. Del cielo empiezan a llove…

El saco de sonrisas.

Lo mejor son sus sonrisas. El modo despreocupado en el que enseña su imperfecta dentadura, ligeramente descolocada, lo suficiente para que se note. Abre la boca y ríe a carcajadas a veces, haciendo mucho ruido y tocándose la tripa. Si eres un desconocido y quiere acercarse a ti despliega una sonrisa sincera, cálida, llena de vida, una de esas sonrisas que hacen que quieras acercarte a ella y jugar a que escondes su nariz, no importa si eres hombre, mujer o estrella voladora.
Nunca lleva nada más encima, aparte de su saco desordenado donde guarda el tabaco, las llaves y tickets del supermercado de dos meses hasta ahora. También lleva en el saquito un puñado de chicles para mascar con su imperfecta dentadura y un bolígrafo a juego con el color de su ropa, por si acaso se enamora de un apuesto camarero y se ve obligada a dejarle una nota en una servilleta al marcharse y una sonrisa de regalo al despedirse.
También llora cuando lo necesita. No le da miedo llorar porque tampoco le da mi…

Cerrados

Piensa en lo que quiere ser, y no lo tiene siempre claro. A veces se ve a ella misma envuelta en un abrazo, otras ve a alguien que le sujeta la mano, la mano cambia, pero siempre es una mano amiga, una de esas que le sujetan todos los días, y le hacen que se pueda mantener de pie, que le hacen flotar cuando tiene el agua al cuello, de esas que te dibujan sonrisas con lápices de colores. Muchas otra veces, cierra los ojos y se ve sola, fuerte, poderosa, segura y con unos tacones altos muy altos. Se ve feliz.
A veces tiene un ordenador bajo las manos, otras veces un bolígrafo entre los dedos. Muchas otras una persona al frente, muchas personas al frente,  una silla vacía. Se ve en una reunión importante, con todo el mundo vestido de traje. Se ve en una reunión importante, con todo el mundo con batas blancas.
 Se ve fuera, y se ve dentro, con palabras que salen a toda velocidad de su boca, en todos los idiomas. Tan pronto ve un rascacielos como un huertecito y sólo un huertecito. Con t…

La historia de Pedro

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Foto por Mª Ángeles Atienzar
Me llamo Pedro Urrutia. Nací en Bilbao a finales de los 70, aquellos tiempos en que España necesitaba un soplo de aire fresco, una época en la que cada cual veía en el fin de la represión de un taponcete cuasi-dictador y su puñado de secuaces una nueva oportunidad de triunfo. Época marcada por el inicio de la democracia, esa democracia en la que todos tenemos voz, que todos somos iguales, que todos seremos escuchados, una igualdad que como ilusos todos nos creímos.
 Las nuevas ideas liberales se implantaban en España a la velocidad de la luz, las mujeres se echaban a la calle en busca de un trabajo, los negocios prosperaban, la música revolucionaba y la sexualidad estaba más presente que nunca en una sociedad acostumbrada a hacer el amor con la luz apagada y el camisón arremangado.
Con tan sólo 3 años me fui a vivir a Madrid con mi familia (mi hermana pequeña Paloma y mis padres). Yo venía de una ciudad grande pero aún así me fue imposible no sorprenderme…

El estudio

Marlene recibió el mensaje al móvil mientras esperaba en el portal. Ve subiendo. Se me ha complicado la cosa.
Pasó al portal sin dar la luz y subió a correprisa las escaleras, guardando la suficiente precaución como para que nadie le viera. Las posibilidades de encontrar a alguien conocido en el edificio eran ínfimas, ya que se encontraba en la otra punta de la ciudad, pero aún así era mejor andar con pies de plomo y no tentar a la suerte.  No es que Marlene estuviese haciendo nada malo, claro que no, jamás en su vida había hecho nada que excediese los límites de la legalidad, ni asesinatos, ni extorsiones, ni falsear la declaración de la renta, ni si quiera de niña se había atrevido a robar la piruleta roja del puesto de la señora Rosita, sin embargo, esta situación concreta no se encontraba claramente dentro de los límites morales.
Introdujo la llave en la cerradura, y al girarla y atravesar la puerta sintió una calidez que sólo se encuentra cuando llegas al que consideras tu hog…

Folios en blanco.

Dicen que el escritor tiene miedo cuando se pone delante de un folio en blanco. Es mentira. Todos tenemos miedo del folio en blanco.
En algún momento todos nos enfrentamos a un vacío literario que no es más que el miedo a un futuro aparentemente vacío.

Tenemos una mochila a la espalda cargada con nuestras propias historias, repleta de libros que pueden ser de amor, de suspense, de autoayuda, novelas históricas de hechos pasados y hasta novelas negras en las que el protagonista lleva nuestro nombre. Libros que pueden hacernos reír, llorar, maldecir, añorar, amar, temblar, y un sinfín más de verbos de la primera conjugación.
Así que un día, nos vemos en la obligación de comenzar a redactar otro libro, que puede ser de amor, de suspense, de autoayuda, de aventura y hasta novelas negras. Puede ser la continuación de una larga saga o puede ser aquella novela que dinamite tu estilo anterior y que gracias a su innovación te lleve a experimentar las glorias de un Premio Nobel. También podemo…

S.

-Te pesa tanto el miedo en las pestañas que ni si quiera eres capaz de abrir los ojos para ver lo que hay delante de ti.
-¿Y qué hay delante Sam? ¿Qué es lo que se supone que quieres que vea? ¿Qué te importa a ti el miedo que yo tenga? ¿Qué pasa si me quedo quieto y no soy capaz de dar un paso más?
-A mi me da igual lo que hagas. Me da igual tu manera de actuar, me da igual que no te liberes de tus prejuicios, que no seas capaz de enfrentarte a tu familia, que no tengas el valor de reconocer lo que te importo. Te dejaré de querer, a mi el amor no me hace tener la paciencia infinita de esperarte toda una vida a que te decidas a salir del armario, no soy de esos románticos que se creen el cuento de Romeo y Julieta y dibujan corazones en la clase de matemáticas.  A mí el amor me da la fuerza para enfrentarme a los pretextos, aunque esto sea nuevo para los dos, aunque me miren raro. Yo no me quedo como una rata de alcantarilla, muerto de miedo viviendo mi vida cuando se baja el telón, c…

Códigos

Tienes ese almacén de códigos secretos que me hace perder la cabeza. El modo en que te atusas el pelo frente al espejo cuando sales de casa, y como tuerces la cabeza hacia la izquierda si te gusta. Te subes las solapas del abrigo y abres la puerta sonriendo. Y esa sonrisa plagadita de ganas de gustar, que es para él. Esa manera de atusarte el pelo, también para él.
Si estás de buen humor te calzas sentada al filo de la cama, sin embargo si te levantas con el pie izquierdo te pones los zapatos de pie y a trompicones, como una niña pequeña enrabietada. Siempre que sientes nostalgia de casa y echas de menos a tu madre enciendes una vela y te preparas un capuccino en tu taza de color azul. Un, dos, tres. Tres cucharadas de azúcar. Vueltas de cucharilla, sorbo largo. 
Cuelgas el abrigo en el perchero si te salieron bien las cosas en la escuela y los niños te dijeron eso de "qué guapa estás hoy seño". Encima del sofá si les tuviste que castigar, y sin colocar bien las mangas.
Enr…
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