Mi persona.

Entré en el bar justo a las once en punto. Sabía que ella estaría esperándome, la puntualidad era una de las cualidades que las dos compartíamos.

Recordé la última vez que la vi, teníamos veintitrés años y compartíamos un café en el bar del pueblo. Esa fue la  tarde en que nos dimos cuenta de que todos nuestros lazos se habían roto, de que nuestras miradas habían dejado de ser cómplices y de que la persona que teníamos delante se había convertido en una completa desconocida. Y así fue cómo disolviendo sacarinas nos despedimos, para no volver a vernos más. 

Tal y como intuía ella me estaba esperando en una mesa. Sus ojos rajados me radiografiaron. Los míos le devolvieron el análisis. Su pelo había cambiado, su melena rizada y alborotada había sido sustituida por una más corta y seria. Más insulsa, como aquel último café. Su ropa era más cara, sus uñas estaban totalmente cuidadas y su maquillaje ofrecía un aspecto impecable.
Yo seguía igual, y si ella notaba lo contrario no me importó en ese momento.

El ruido de mis tacones avanzó hacia su mesa. Ella se levantó para recibirme, mi mano le detuvo, después de siete años no quería regalar besos de cortesía a alguien que al fin y al cabo no dejaba de ser una extraña.

-Cuánto tiempo- fue lo primero que dijo al verme- Cuando recibí tu llamada no pude ni creerme lo que estaba oyendo. ¿Qué sucede? Bueno, ante todo ¿cómo estás? Tienes que ponerme al día de tu vida ¿sigues con Juan Luis? ¿Dónde vives ahora? Yo voy a ….

La frené antes de que siguiese soltando estupideces.

-Laura para, por favor.

Cuando miré sus ojos volvieron a mí diez años de recuerdos. Sin avisar, se me atragantó la felicidad a su lado. Se me atragantó el dolor de su pérdida, el egoísmo, la culpa. Demasiados sentimientos agolpados en el esófago.

Llegó el camarero, ella pidió un café bombón, como de costumbre. Yo un whisky con hielo, contra toda costumbre. Me miró extrañada. Bajó la vista hacia su manicura, cuando levantó la mirada vi a la Laura de siempre, a la que mordía mis bolígrafos y hablaba conmigo durante horas al teléfono, a la que secaba mis lágrimas cuando mi padre volvía borracho y me daba una de sus palizas, a aquella que alcanzaba todo lo que se propusiese. A mi Laura.

-Me voy a divorciar de Miguel, Lucía.

Soltó la noticia sin previo aviso.

-No le quiero. He conocido a otro hombre. Un arquitecto que me quiere y me entiende, que me hace sonreír. Dejo a Miguel y a la niña y me voy con él a Barcelona.

Encendí un cigarrillo.

-Qué gilipolleces dices Laura, sigues siendo la misma soñadora de siempre. Ese cabrón se irá cualquier día con la primera puta que pase y te dejará con una mano delante y otra detrás.

-Tu sigues siendo la misma pesimista deslenguada.

El camarero intervino.

-Lo siento señorita, en este bar no se puede fumar.

-Me importa una mierda lo que se pueda hacer en este bar. Vete y déjame fumarme el maldito cigarro tranquila- continué cuando se fue el camarero- Si lo que me dices es verdad, volvemos a estar las dos de mierda hasta el cuello, sólo que yo no tengo a ningún arquitecto putero a la vuelta de la esquina.

Llamó al camarero y se pidió otro whisky, en su caso fue doble. Me miró desafiante.

-¿Por qué me has llamado?

Antes de contestar recordé ese último café insulso. Estuve a punto de contestarle que tan sólo quería recordar viejos tiempos y dejar que se fuese sin verse nunca manchada por  mi culpa, pero vi que aún llevaba la pulsera que le regalé en el campamento de verano tantos años atrás. 

-¿Recuerdas cuándo te dije que eras mi persona? ¿Que si alguna vez matase a alguien y quisiese enterrar su cuerpo iría a contártelo a ti?

-Claro que lo recuerdo, tú también eras mi persona.

Nos sostuvimos la mirada.

-El cuerpo está en el maletero de mi coche. Lo único que necesito es saber que después de siete años sigues siendo mi persona.

La sorpresa le paralizó, pero no vi un atisbo de miedo en su rostro. Cogió las llaves de mi coche y apuró su whisky.

-Conduzco yo. 

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