Dolores Monforte

Se llamaba Dolores Monforte, aunque en el barrio se le conocía como la Lolita. Era una chica fácil, como comúnmente se suelen llamar a este tipo de chicas. Se abría de piernas ante cualquiera que le ofreciese un par de besos de alquiler y unas cuantas caricias a saldo. En cualquier callejón oscuro en el que pudiesen arrancarle la mitad de su ropa o la mitad de su alma, o en cualquier colchón que le ofreciese una almohada para vomitar sus sueños.
De tanto abrirse, se terminó cerrando, y dejó de tener corazón, o al menos, de sentirlo. Unos dicen que tan sólo era una mujer buscando ese te quiero que la hiciese encaramarse a las estrellas, otros que era una viciosa sin ningún tipo de amor propio que se regalaba por las esquinas, lo cual era todavía peor que venderse.
La última vez que la vi salía de casa de Don Manuel, uno de los vecinos del barrio que en los círculos de amistades alardeaba de su desprecio por los tullidos, por los locos y por las putas. Se bajaba la falda con una mano mientras que  con la otra se secaba una lágrima. Mientras se alejaba calle abajo comprendí que sólo era una mujer tratando de huir de sus fantasmas buscando consuelo en el cierre de una bragueta.
Años después me encontré con su hija cogiendo un taxi. Se había convertido en una prestigiosa abogada con un despacho en uno de los mejores buffettes de Madrid. Su vida nada tenía que ver con la de su madre, éxito y estabilidad.
Cuando levantó la vista respiré la infinita tristeza de los ojos de la Lolita.
Yo me quedé con el recuerdo de su madre, esperando al siguiente automovil que me llevase a casa.
Ella se fue en el taxi con el conductor y el taxímetro en marcha. Con su éxito y con sus ojos tristes. Y también con esa desdicha hereditaria agarrada al corazón.

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