Lavadoras

El agua cubría todo el suelo de la cocina. Otra vez había vuelto a pasar. Era la tercera vez en una semana que la lavadora me daba problemas. La ropa salía con las mismas manchas que entraba, se encharcaba el agua en el tambor dejando en mis prendas favoritas un hedor a tubería casi imposible de quitar, y ahora mi cocina parecía sufrir una inundación.
Cogí la fregona para intentar solucionar aquel desastre. Recordé mis primeros lavados en la residencia de estudiantes, cuando éramos incapaces de hacer funcionar esas lavadoras que parecían sacadas de otro siglo.
El técnico me dijo que la lavadora podría seguir funcionando si cambiábamos un par de piezas.
-          Una chapucita de nada señora y esto está listo en un santiamén. El problema es que las piezas se las tengo que pedir a la fábrica, que está en Alemania, y claro, ya sabe usted que esas cosas tardan y son caras. Ahora,  que mucho más costoso resulta comprarse una lavadora nueva, y más ahora tal y como está la cosa, que yo se lo digo a mi señora, mira Trini, que ahora no es el momento, que ya cambiarás la cocina, y ella venga a insistir, que parece que no comprende que no tenemos un duro coño! Todo el día gastando! En fin, perdóneme usted que le cuente mis angustias señoras, pero es que mi Trini me lleva por el camino de la amargura….

Sin embargo yo ya había parado de escucharle hace mucho tiempo. Allí de pie, delante de una lavadora vieja y rota ya mil veces, me di cuenta de que por fin había encontrado el principio de la solución.
Me di cuenta de que el problema no era la lavadora, sino yo misma. Me di cuenta de que la chapuza no era la solución, que no podía seguir haciendo chapuzas temporales, remendando una tela raída, esperando que tarde o temprano, con el primer revés de la vida se volviese a romper.
Me di cuenta de que era yo misma la que tenía la solución a mis problemas. Problemas cuyos dueños yo creía que eran otros y en realidad no eran de nadie más que de mí. Problemas conmigo. Yo, mi, me, conmigo. Problemas que de no solucionar nunca de manera definitiva, volverían a reaparecer con más fuerza. La base para solucionar todo lo que no marchaba en mi vida.
Era hora de que fuera yo misma la que lavase mis trapos sucios, aunque tuviera que frotar hasta dejarme los nudillos sabía que merecería la pena.
Al día siguiente fui a la tienda, compré una lavadora nueva y me la llevé a casa. Se acabaron los parches. Se acabaron las chapuzas temporales. Elegí el camino costoso.
Quizá no supiese cuál era el primer paso, pero sabía que necesitaba darlo.

Agradecimientos a La Señorita de los Búhos

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