Contrato

Si tengo que marcharme prefiero que antes establezcamos las condiciones de mi partida. Para empezar, has de saber que nunca volveremos a vernos, no es malo, tan sólo es una realidad que ambos debemos aceptar. No quiero nada de cartas. No quiero nada de palomas mensajeras, no quiero las casualidades del destino que terminen llevándome a ti y lo que menos quiero (por nada del mundo) es una de esas horribles e inútiles despedidas que hacen que la gente termine con los brazos vacíos, las sonrisas rotas antes de llegar a nacer y los labios con sabor a pena.
En la maleta me llevaré los remolinos de tu pelo, tu mal despertar de por las mañanas, el jersey aquel que me dejabas usar cuando tenía frío y los lunares de tu espalda. También quiero llevarme las noches y las charlas insulsas hasta el amanecer.
Te cedo mi risa, mis despertares de por la mañana, sí, esos que tanto te gustaban (tú ya sabes de cuáles te estoy hablando). Te cedo mi receta secreta para hacer palomitas. Creo que no hay mucho más que te pueda ofrecer, a parte de mi dedicación enfermiza hacia ti. Te la puedes quedar también si quieres. No la volveré a usar hacia nadie más.
Después de esto debemos comportarnos como dos desconocidos. No volveré a leer en tus ojos ni tú en los míos. Dejaremos de interpretarnos. Se acabarán los besos que terminan en sonrisa y las manos ansiosas por acariciar la piel. “Perdone, ¿le conozco?”, eso será lo que diga si te intentas acercar a mí. Dejaremos de existirnos.
La última condición y la más importante es esta, y quizá sea la que más te cueste cumplir. Si me ves con el alma rota y un pedazo de pena negra en la boca del estómago no intentes venir a ayudarme. No seques con dulzura con el dorso de tu mano las lágrimas que resbalen por mis mejillas. No vengas a darme un beso con sabor a sal. No me regales tu compasión.

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