Solo. Fue así como un día me desperté. Abrí los ojos y ya te habías ido. No estaban tus medias a los pies de la cama, tampoco tu bolso en el suelo de la habitación, ni tu risa llegando desde la cocina diciendo que estabas preparándome el mejor desayuno de mi vida.
Recuerdo lo que te dije la noche anterior. Déjame quererte María, déjame disfrutar de ti, de tus medias al filo de la cama y de tus tostadas quemadas por las mañanas. Déjame oír tu risa al despertar y saborearte cada noche.
Tus labios esbozaron una leve sonrisa. Al mismo tiempo tus ojos se inundaron de miedo. Lo reconocí. El miedo a sentir que ya no sientes. El miedo a descubrirlo. El miedo a que yo lo descubriese y fuese demasiado duro.
Cuando me dormí esa noche sabía lo que pasaría a la mañana siguiente. Siempre he sabido leer en tus ojos, devorarlos como a mi novela preferida cuando tenían buenas noticias y atender a cada punto y coma que dictasen cuando la sinceridad llegaba a ellos, así que no fue difícil saber que nunca más te volvería a ver.
He de reconocer que me sorprendió tu post-it encima de la almohada.

Comentarios

El contenido de este blog está protegido mediante licencia Creative Commons a no ser que se especifique lo contrario.

Licencia Creative Commons



Entradas populares de este blog

Enrededos en la lengua

Señora Presidenta

Gloria

La verdadera historia de Blancanieves

El naufragio