La señorita de los tacones altos

La señorita de los tacones altos nunca llega antes de las seis. Aparece por la tarde con esos preciosos zapatos, a veces rojos, a veces marrones, ella los tiene de todos los colores, pero siempre de tacón. El día que más me impresionó fue cuando trajo esos morados, que le hacían esas piernas tan largas tan largas, como si sus piernas se continuasen debajo de su falda hasta llegar a la luna, o al infinito, a alguno de los dos sitios.
Ese día fue cuando le pregunté a mamá quién era esa mujer, y por qué llevaba esos tacones tan altos. La respuesta de mamá no me quedó muy clara, mencionó algo sobre papá, dijo que igual que cuando tienes hambre deseas con todas tus fuerzas la paella de la tía Julia, a veces, los mayores desean con todas sus fuerzas a mujeres con tacones altos. Me pareció bastante lioso la verdad, pero dijo que lo entendería  mejor cuando fuese mayor.
Le pregunté a mamá que por qué ella no se compraba unos tacones tan altos para ser tan guapa cómo la mujer que venía a ver a papá y tener unas piernas que llegasen a la luna. Creo que no fue una buena pregunta. Mamá se miró a los pies. Sus viejas zapatillas de andar por casa le devolvieron la mirada. Cuando volvió a levantar la cara estaba llorando. Se fue a la cocina sin contestarme. Creo que empezó a preparar la cena.
Al poco rato salió la señorita de los tacones altos. Se puso sus zapatos morados. Papá sacó la cartera y le dio algo de dinero. Después de quedar con papá para verse el próximo día se fue de casa camino de la luna, o del infinito, de alguno de los dos sitios. Nadie se despidió de mamá.

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