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Mostrando entradas de junio, 2011
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Solo. Fue así como un día me desperté. Abrí los ojos y ya te habías ido. No estaban tus medias a los pies de la cama, tampoco tu bolso en el suelo de la habitación, ni tu risa llegando desde la cocina diciendo que estabas preparándome el mejor desayuno de mi vida. Recuerdo lo que te dije la noche anterior. Déjame quererte María, déjame disfrutar de ti, de tus medias al filo de la cama y de tus tostadas quemadas por las mañanas. Déjame oír tu risa al despertar y saborearte cada noche. Tus labios esbozaron una leve sonrisa. Al mismo tiempo tus ojos se inundaron de miedo. Lo reconocí. El miedo a sentir que ya no sientes. El miedo a descubrirlo. El miedo a que yo lo descubriese y fuese demasiado duro. Cuando me dormí esa noche sabía lo que pasaría a la mañana siguiente. Siempre he sabido leer en tus ojos, devorarlos como a mi novela preferida cuando tenían buenas noticias y atender a cada punto y coma que dictasen cuando la sinceridad llegaba a ellos, así que no fue difícil saber que nunca …

Papiroflexia

Jugábamos a ser papel en aquellos tiempos en los que todo era nuevo. Nos tocábamos suavemente, acariciándonos, sintiendo la textura del papel, nos doblábamos, el uno escribía encima del otro. A veces eran bonitas palabras de amor, otras tan sólo tachones, borrones y un buen puñado de faltas de ortografía. Nos dibujábamos. Nos mojamos, nos arrugamos. Nos rompimos tanto que al final nos hicimos pequeños trocitos incapaces de ser recompuestos. Nunca pudimos usar tippex, esa fue nuestra única regla, y posiblemente nuestra peor idea. El resultado fue una novela olvidada que nunca nadie publicó. Eso, y los recuerdos de una papiroflexia inservible.

La señorita de los tacones altos

La señorita de los tacones altos nunca llega antes de las seis. Aparece por la tarde con esos preciosos zapatos, a veces rojos, a veces marrones, ella los tiene de todos los colores, pero siempre de tacón. El día que más me impresionó fue cuando trajo esos morados, que le hacían esas piernas tan largas tan largas, como si sus piernas se continuasen debajo de su falda hasta llegar a la luna, o al infinito, a alguno de los dos sitios. Ese día fue cuando le pregunté a mamá quién era esa mujer, y por qué llevaba esos tacones tan altos. La respuesta de mamá no me quedó muy clara, mencionó algo sobre papá, dijo que igual que cuando tienes hambre deseas con todas tus fuerzas la paella de la tía Julia, a veces, los mayores desean con todas sus fuerzas a mujeres con tacones altos. Me pareció bastante lioso la verdad, pero dijo que lo entenderíamejor cuando fuese mayor. Le pregunté a mamá que por qué ella no se compraba unos tacones tan altos para ser tan guapa cómo la mujer que venía a ver a pa…
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