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La verdadera historia de Blancanieves

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Érase una vez, en un reino muy muy lejano, una astuta reina que cosía cerca de la ventana de su alcoba de palacio. La joven reina, remendaba la ropa de su rey mientras contemplaba la nieve que cubría los jardines y pensaba en la hija que llevaba en su vientre. Entre remiendo y remiendo, la reina deseó que su hija fuese bella, muy bella, no porque considerase esta como la cualidad más idónea y valiosa en una mujer, sino porque esta reina, astuta y despierta como ya dijimos, conocía las dificultades de ser mujer en sus tierras, la presión a la que las doncellas se veían expuestas y los estrictos juicios corporales a los que la princesa se tendría que someter tan solo por ser una niña, y deseaba la reina, que  de entre las muchas batallas que la princesa tuviese que librar, la de su cuerpo no fuese una de ellas. La reina, estaba convencida de  que la solución a este problema no consistía en que su hija se adaptase a estos rígidos y estrictos moldes absurdos, sino que era necesario elimi…

Diarios

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Fue como en uno de esos relatos de Galeano en los que la poesía y la realidad caminan de la mano, entrecruzándose, y al final ya no eres capaz de distinguir donde está una y dónde la otra.

Marcial y Ana se conocieron una noche de verano de brisa suave y calor en el pelo, de las que arrastran  por el aire flores y salitre y nos recuerdan que aún estamos vivos durante un poco más de tiempo.

En la aldea de Marcial se celebraba el cumpleaños de Néstor, y Ana, su prima, se encontraba en el pueblito cuidando de su vieja y enferma tía Remedios.

En la noche de la celebración se conocieron Ana y Marcial, y en esa noche caprichosa de bailes lentos y manos en la cintura, a ambos se les derritió el corazón en medio del verano.



Unos que ojos se miran desde lejos, un joven que se aproxima con cualquier excusa para robar una sonrisa, para hacer un chiste, para orquestar una carcajada. Y ambos aprovechan la excusa y salen a bailar, y se rozan las manos y se rozan los cuerpos, y ambos aumentan un poco…

Señora Presidenta

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Cruza la puerta de casa y deja las llaves en el cuenco, saluda a Roy, su gato de  color canela y va directa al fondo del pasillo. Pis, pijama.

Alejandra corre a quitarse la espesa capa de maquillaje de la cara que le hace sentir pegajosa y sucia. Mierda, ya me están saliendo granos otra vez. Después de deshacerse de varios algodones sucios que se van por el retrete a golpe de cisterna, mira su rostro de veinteañera cansada en el espejo y se masajea el cuello para combatir la fatiga del trabajo. Tengo que decirle al casero que arregle la ventana del dormitorio, se recuerda. En su piso sin calefacción tan sólo cuenta con un radiador eléctrico que encarece su factura de la luz, pero no se queja, pronto llega la primavera, y con un poco de suerte el casero accederá a su petición de renegociar el alquiler. Con el sueldo de media jornada que gana ahora mismo va muy justa, y en tres meses finaliza su contrato. O este tío me baja el alquiler o a ver de dónde saco la pasta. 
Va hacia la cocina…

Enrededos en la lengua

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Ilustración: Juan Romero Alonso 
Andaba trabajando Pascual Cifuentes en su oficina cuando notó como algo le molestaba dentro de la boca, y pensó que, como ocasionalmente le ocurría, se le debía de haber quedado enredado un pelito en la lengua. Durante largo rato trató de encontrarlo sin éxito, estiraba y pellizcaba su lengua y la removía contra sus dientes intentando localizar ese maldito cabello que le impedía concentrarse en los documentos que había de entregar. Finalmente, tenaz y testarudo, logró encontrarlo en la puntita de la lengua, y fue tirando y tirando para poder sacarlo y librarse del estorbo, pero comprobó, asombrado, que el pelito nunca se acababa por más que él lo tensase, sino que continuaba tanto más lejos como Pascual quisiese estirar. Y  fue de repente, como Pascual Cifuentes comprendió, que lo que estaba desenredando no era ningún pelito, sino su propia húmeda y enredada lengua, que le salía larga y desenmarañada de entre los dientes, como uno de esos regalices de c…

Gloria

POR MÍ Y POR TODOS MIS COMPAÑEROS
Me llamo Gloria Montoya y soy la mejor jugadora de escondite del mundo. Llevo treinta y dos años jugando sin parar y jamás me han pillado, nunca me han descubierto, vivo agazapada en la sombra  perpetua de mi escondite. Y no te vayas a pensar que es porque yo no quiera que me encuentren, que yo quiero que todos me vean, que sus ojos se crucen con los míos y tengan la valentía y las agallas de sostenerme la mirada el tiempo justo como para darse cuenta de que lo que nos separa no es más que un golpe de suerte. 
Es un escondite forzoso el mío, un juego de esos en los que te obligan a participar, como cuando tocaba gimnasia en el colegio y tenías que jugar al balón prisionero aunque en ese momento tú lo único que querías era sentarte y que te dejaran tranquila con lo tuyo, y al final tragabas y te tocaba jugar. Pues lo mío igual.
Nací en una ciudad ni muy grande ni muy pequeña, de esas de las que se suele decir que tienen un tamaño ideal para vivir bien.…

Siesta de verano

Canta la niña en el patio y el sonido de su voz me llega lejano en esta tarde de Julio.
Desde la cama, en mi pegajoso sudor, oigo la voz de mi joven nieta entonando la canción que le enseñó su abuela, en esta siesta sofocante imposible de dormir.
Canta la niña y su voz líquida llega hasta el fondo de mi alma, sus notas, mis cuerdas, todo encaja afinado. Resuena la orquesta.
La niña, candorosa y dulce ahora, algún día se ha de hacer grande, y ese día puede que yo ya no duerma la siesta, que no escuche su voz llegándome desde el patio de flores, que no la vea bailar flamenco con sus zapatos rojos. Abuelito, cántame una soleá.
Y la niña canta y canta. Son las cuatro de la tarde y canta, el Sol achicharra y canta, las moscas molestas se me posan en la cara y canta.
También son ganas, la niña, de cantar.
Y su abuelo, que suda y no duerme, escucha y resuena su pecho.
Canta, mi niña, canta. Mis lágrimas por tu cantar.

El naufragio

Como recoger los restos de un naufragio.

Como cuando sube la marea.
Todo moja, todo cala, las maderas se han podrido.

Las olas vinieron arrasando todo a su paso y derrumbaron todo lo que había construido.

El esfuerzo previo se vino abajo, y nosotros sólo podíamos remar en medio del temporal. Esfuerzo absurdo, tormenta que ahoga y destruye.

Las nubes rugían y causaron estragos. Nada quedó salvo un desorden vacío.

Y al final, entre troncos varados y ropa mojada, entre barcas hundidas y desesperación, el mar se hizo balsa y optó por retirarse.

Suaves las olas llegaban a la orilla, susurrando un principio.

Y yo recogí los restos.

Vi mi esfuerzo inútil reflejado entre aquella mugre.

Cogí los restos e hice una fogata que me calentase. Moví las piedras. Busqué madera seca, limpié la arena, me busqué un refugio.

Y no quedan restos y no queda desastre. No queda mar.

Y vuelvo a la calma y el tiempo me invita a que empiece, a que me quede sentado y cierre los ojos. Y descanse. Y respire. Y no ha…
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